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Mujer, enfermedad y violencia en medicina
Su relación con cuadros psicosomáticos.
Por Eva Giberti. Artículo publicado en el libro “La mujer y la violencia invisible”, Eva Giberti y Ana María Ferández (compiladoras), Editorial Sudamericana, 1992, Buenos Aires, Argentina,  2a. edición,  ISBN: 959-07-0569-9,  227 p.

La sexualidad de la mujer ocupa en papel preponderante en el discurso médico: el útero es el personaje privilegiado de esta preocupación.

A lo largo de la historia de la medicina se han otorgado múltiples sentidos a dicha víscera (también a los ovarios, cuyo descubrimiento fue posterior); muchos de esos sentidos responden a mitos, creencias e ideologías instituidas con pretensión de cientificidad. De este modo el útero fue considerado fuente y motor de todos los trastornos de salud de las mujeres. Aún hoy encontramos prácticas y afirmaciones que responden a prejuicios infiltrados en el pensamiento médico; gran parte de ellos asociados a la “inferioridad” de la mujer.

No obstante, a lo largo de este trabajo veremos surgir, como fuegos de artificio (que, aunque perecederos, se mantuvieron incandescentes en la memoria del género), la presencia de mujeres que ejerciendo el arte de curar, ya fuese como sanadoras o médicas, desmentían las afirmaciones de inferioridad y señalaban los esfuerzote un sector del género decidido a oponerse a la subordinación.

Este trabajo no pretende aportar teoría acerca de “lo psicosomático”. Tan sólo formularé preguntas, cuya finalidad es llamar la atención acerca de la ausencia de tales preguntas en los estudios tradicionales.

Utilizaré el método descriptivo (histórico) – interpretativo. Tomaré algunos de los supuestos básicos del psicoanálisis y el objeto de estudio sería: “el útero de la mujer como soporte de lo que se consideró la identidad femenina; su articulación con el diagnóstico de cuadro psicosomático tal como actualmente se utiliza en la clínica (médica y psicológica)”.

Brevísima miscelánea histórica*

Los papiros egipcios de Kahun y Ebers (1900 a. de CJ, considerados los documentos más antiguos sobre conocimientos médicos, enfatizaban acerca de la mala posición de la matriz como responsable de múltiples alteraciones de la salud femenina: dolores musculares y de dientes, irritabilidad y negativa a levantarse de la cama. En el interior del cuerpo de la mujer habría un ser maligno responsable de las migraciones del útero (corrimientos en el interior del cuerpo) que produciría toda clase de enfermedades1.

Pero como la medicina egipcia abarca un extenso período de tiempo es difícil contemplarla como un proceso homogéneo. En alguna época las mujeres participaban en el ejercicio médico; así por ejemplo en “la escuela de medicina de Sais en que las ‘Madres Divinas’, especie de sacerdotisas, impartían enseñanza fundamentalmente sobre problemas ginecológicos a estudiantes de sexo femenino”2.

En Grecia el corpus hipocrático también enfatizaban las patologías uterinas; recomendaba el matrimonio temprano como regulador de la uteridad y la sexualidad. Las jovencitas, en caso de no ser prontamente desvirgadas, podrían sufrir visiones, delirios y angustias debido a que la sangre no encontraría rápidamente su salida.

Aretaus, que data de los años 100 decía: “el útero se parece muchos un animal. Se mueve hacia diversas partes del cuerpo, a veces llega hacia arriba, hasta la garganta, después hacia los lados causando opresión en los pulmones, el corazón el diafragma, el hígado y los intestinos”. Platón y Aristóteles retoman la tradición hipocrática centrando en el útero migrador todos los males posibles e incorporan la famosa geografía corporal de dos almas. Una alojado a lo alto, en el pecho, la del coraje militar y la otra, asentada en el vientre el lugar del deseo y la concupiscencia. Como las mujeres se definen por la matriz, su alma correspondía al mundo de lo bajo y lo concupiscente3.

La medicina griega es incorporada por los romanos, quienes aceptan la presencia de mujeres médicas. Sorano de Efeso escribió un libro de obstetricia dedicado a las estudiantes donde además se discute la diferencia de sexos en cuanto a la forma de enfermarse: “se muestra partidario, en contraposición con los hipocráticos de la tesis que sostiene que las mujeres tienen una forma característica de enfermar y deben ser tratadas por mujeres”4.

El ejercicio de la medicina quedaba a cargo de mujeres pertenecientes a las clases altas y podías practicarlas dentro de sus familias tal como lo mencionó el libro de Scriboniu Largus.

Por su parte, Galeno (131 -201 d.C.) habrá de reproducir los esquemas platónicos y aristotélicos: los hombres serán secos y calientes y las mujeres frías y húmedas. Frialdad que reitera su interioridad respecto del varón; será un ser incompleto ya que, por falta de calor, sus genitales no han podido descender de allí la mutilación que señala Aristóteles en su tratado del origen de los animales (Libro IV, Galeno); fue la máxima autoridad en tiempos romanos y a sus enseñanzas habrá de remitirse toda la Edad Media.

La teoría de los úteros migratorios y el déficit que ello implicaba - relacionada con la idea de desorden aportado por la mujer – constituía una clave para la “comprensión” de la fisiología femenina, que de ese modo era considerada socialmente inferior debido a su naturaleza; el discurso médico testimoniaba dicha “ inferioridad social” aportando su palabra “ científica” al respecto.

A su vez, las religiones no dudaban respecto de esta fisiología; el levítico establece que la mujer menstruante mantiene su impureza durante siete días y quien la toque compartiría dicha impureza. Mahoma entiende que la menstruación es un mal; por eso será preciso mantener lejos a las menstruantes hasta que vuelvan a hacer puras.

En la Alta y Baja Edad Media, discursos médicos y cristianismos se oxigenaron recíprocamente. La religión sostendrá que las mujeres no tienen alma por lo cual serán fácilmente habitadas por el demonio. Resultará imprescindible cuidar su pudor hecho que adquiere relevancia en los partos: sólo podrán ser atendidos por comadronas. Los hombres no podrían presenciarlos ni aún siendo médicos., las escuelas de medicina de Papua, Montpellier y París no mencionaban la obstetricia “ya que era un terreno interdicto por la religión, las buenas costumbres y el respeto humano”5. esto determina que algunos de los descubrimientos de la escuela médica de Alexandría bajo el reinado de los Ptolomeo se relegaran al olvido; así por ejemplo la maniobra destinada a aliviar un parto con presentación “de nalga” frente a esos problemas y siendo aún desconocidas las técnicas obstétricas se apelaba a descuartizar al bebé en el interior del útero utilizando agujas de crochet, práctica ejercida tanto por médicos cuanto por parteras y que se llevaba a cabo sin anestesia, puesto que esta no había sido inventada. Las matronas y senadoras carecían de autorización para asistir a clases de perfeccionamiento en las universidades, vedadas a las mujeres, aunque en algunos lugares de Europa se les permitía participar de ciertos cursos. Fue famoso el caso de Jacoba Pelicier, procesada en 1322 por ejercicio ilegal de la medicina. Juzgada en París donde había seguido “cursos especiales”, las principales acusaciones que se le formularon durante el juicio fueron:

Curaba a sus pacientes de dolencias internas y heridas o abscesos externos. Visitaba asiduamente a sus enfermos, examinabas la orina tal como hacen los médicos, les tomaba el pulso y palpaba todas las partes del cuerpo”.

Sus testigos afirmaron haber sido curados cuando los médicos habían fracasado. Estos argumentos fueron utilizados en su contra puesto que no se la acusaba de incompetencia sino de haber tenido la osadía de curar siendo mujer. Esta política no coincidía con la de las escuelas de medicina del Cairo (tampoco con los de Toledo y Córdoba), donde existían clases para las mujeres “centradas en cuidados obstétricos, ginecológicos y de la primera infancia”6. “Las senadoras eran las que se ocupaban de los niños del Haren, a lo que los médicos no tenían acceso”.

En Salerno, en el Siglo XI, se crea un escuela de medicina en la que aparecen mujeres médicas, algunas de ellas profesoras: la más famosa fue Trotula, autora de dos libros, sobre clínica general uno y sobre tratamiento sobre el recién nacido el otro. Sara ST. Pilles, en 1326, dirigió una escuela de medicina; pero en el siglo XIV encontramos documento de excomunión de varias mujeres por ejercer la medicina sin licencia y en 1591, en Inglaterra, Agnes Simpson, fue quemada en la Hoguera por haber intentado aliviar los dolores de partes con opio y laudano.

La historia de las matronas y senadoras de aquella época muestra contracciones que reclaman un abordaje histórico que excede este trabajo, de cualquier modo todos los testimonios sobre partos, evidencian un alto riesgo para la madre y el niño, además de sufrimientos indescriptibles. No es frecuente que los historiadores hablen de “partos felices” o sin problemas*.

Las brujas: tesis para su rescate.

Fueron muchas las mujeres que durante el Medioevo actuaron como sanadoras o referentes de salud. Pero cuando en el Siglo XIII empezó a afianzarse la medicina como ciencia laica y ello determinó la oposición de las corporaciones médicas les adjudicaba la posesión de recetas mágicas y poderes demoníacos. Debido a su “lascivia” podrían temer comercio carnal con el Maligno y ¡vaya una a saber qué secretos lograría sonsacarle!... Acusadas de brujería, su desaparición constituyó un sexocidio sustentado por la alianza entre la Iglesia, las corporaciones médicas y el poder del señor de turno.

Desde la Antropología, Harris7 advierte: “Se supone que la principal ocupación de los cazadores de brujas era exterminarlas; pero en realidad hicieron un esfuerzo extraordinario para aumentar el aprovisionamiento de ellas y difundir la creencia de que eran reales y peligrosas. No tenemos que preguntarnos por qué los inquisidores estaban obsesionados por destruir la brujería, sino más bien por qué estaban tan obsesionados por crearla”. Dice Harris: el resultado principal del sistema de caza de brujas, además de los cuerpos carbonizados, consistió en que los pobres llegaran a creer que eran víctimas de brujas y diablos en lugar de príncipes y papa.

¿Aumentó el precio del pan, se elevaron los impuestos, disminuyeron los salarios, escaseaban los puestos de trabajo? Obras de las brujas”.

Se trataba de desplazar los resultados de las crisis de la sociedad medieval tardía desde la Iglesia y el Estado hacia demonios imaginarios con forma humana. Preocupadas por las actividades fantásticas de estos demonios, las masas depauperizadas y alienadas atribuyeron sus males al Diablo en lugar de verlos en la corrupción del clero y la rapacidad de la nobleza. La Iglesia y el Estado no sólo se libraron de toda inculpación sino que se convirtieron en elementos indispensables.

¿Quiénes fueron los chivos expiatorios?, se pregunta Harris. Sobre 1258 ejecuciones por brujería en el suroeste de Alemania, entre 1562 y 1684, el 82 por siento de las brujas eran mujeres. Viejas indefensas sanadoras y aquellas a las que se acusaba de tener relacione sexuales con el Diablo en fantásticos aquelarres*.

Sería ingenuo ignorar el peso que la sexualidad de las mujeres tuvo en este período de la historia: la lectura de las torturas que padecían exhibe el sadismo desatado sobre sus genitales; así como cada interrogatorio acerca de su intimidad sexual8.

G. Henningsen tiene otra visión del tema9 a través de la cual intenta demostrar que las confesiones de las brujas (y brujos) describiendo su participación en aquelarres y delitos no sólo existieron sino que no siempre fueron sonsacadas bajo tortura física: se obtenían, a menudo, a partir de lo que el califica como lavado de cerebro, debido al encarcelamiento y aislamiento al que eran sometidos los detenidos durante meses. Lo cual determinaba que no sólo inventasen sino que a veces se autogestionasen como para afirmar lo que afirmaban. Henningsen reproduce dichas declaraciones a lo largo de extensas páginas, cuyos contenidos son asombrosos para nuestra mentalidad. Su investigación se refiere al proceso de Logroño, uno de los más copiosos conocidos hasta el momento, y desarrollando en el País Vasco a partir de 1610. Su distinción entre brujería y brujomanía lo lleva a sostener que esta última es una forma explosiva del impulso de persecución provocado por el sincretismo entre las creencias populares y las ideas que sobre la brujería han elaborado algunos intelectuales: “ el daño existió en el momento en el que predicador desde el púlpito y el juez en el tribunal intentaron aplicar sus conceptos abstractos” convalidando creencias populares concretas: Henningsen lleva su análisis hasta el siglo XX mostrando el efecto de brujería cuando se discrimina a los disidentes o a “uno” que no nos gusta, ejemplificando con la Alemania nazi. De sus estadísticas puede extraerse una confirmación del sexocidio, a demás de la existencia de niños brujos que – sin participación de sus madres – narraban de qué modo eran conocidos a los aquelarres por el Demonio; la credibilidad que se les prestaba exige la evaluación de estas creencias por parte de comunidades enteras.

Este autor, cuestionador de otros investigadores del tema, incorpora materiales nuevos y obliga a reflexionar acerca del status de las mujeres en aquellos tiempos, particularmente sobre su capacidad para adjudicarse poderes malignos, no solamente bajo la Inquisición, sino cuando actuaban en la cotidianidad, como habitantes de pequeños pueblos o campesinas. “La bruja o el brujo es la encarnación de la inmoralidad y de todo aquello que va en contra de los ideales de la sociedad; por lo tanto cada individuo se esforzará por comportarse de modo tal que a nadie se le ocurra tomarlo por brujo”, concluye Henningsen. Este es el punto a partir del cual es preciso empezar a pensar el modo de “producción de maldades” a cargo de las mujeres en aquellos tiempos. “Convenciéndonos de que dicho individuo no es un ser humano como los otros, sino un brujo, se suspende inmediatamente el código moral que prohíbe maltratar a un semejante y ya no hay límite para los malos tratos de los que podemos hacerlo objeto”. ¿Por qué las mujeres fueron catalogadas como representantes del Mal como si éste pudiese, realmente, encarnarse en alguien?... ¿Qué sucedió para que ellas mismas ocupasen esos lugares tal como lo describen los historiadores?...

La imagen de la mujer asociada con las prácticas médicas habría de adquirir otra dimensión en América Latina. Para no extenderme en el racconto de esta historia, me limito a citar el trabajo de S. Montecinos y A. Conejeros, del Centro de Estudios de la Mujer en Chile, dedicado al saber tradicional de las mujeres mapuches en la curación de enfermedades comunes10, y que no excluye su posible relación con la brujería:

Este desplazamiento del rol chamánico (del masculino-machos cuyas características principales era el travestismo y la pederastia- al femenino) adquiere relevancia en tanto surgimiento de lo femenino, de la mujer como depositaria del arte de curar y supone implicaciones en la vida social. En primer lugar la asunción de un ‘poder’, la manipulación de lo sobrenatural por parte de algunas mujeres; luego es la especialización de un saber sobre la terapéutica por medio de la herbolaria. Por otro lado en un hecho que conforma la constitución del sujeto femenino dentro de la cultura y propone una identidad, ya que ella será siempre sospechosa (por su vínculo con los ‘secretos de las hierbas y las plantas’) de brujería”.

Estas autoras desean que la memoria y la práctica de las mujeres mapuches restituyan el valor de un conocimiento adquirido a los largo de siglos. Su interés, en tanto investigadoras, es dar a luz una diferencia, mostrar un modo de asir la enfermedad y sus terapias y el papel que las mujeres tienen en ello.

Renacimiento, Iluminismo (siglos XV al SVIII): dos momentos en la historia de nuestra sangre.

Durante el renacimiento se mantiene una visión de la mujer que por una parte la muestra como inferior y maldita y, por otra, como cortesana seductora. Heredera de las cortes de amor y de los poemas de los trovadores medievales, su estado oscila entre un extremo de idealización y otro de descrédito. Atravesando los límites entre ambas épocas, Ambrosio Paré escribe sobre la menstruación en el siglo XVI:

Las reglas provienen de una superfluidez de los humores fríos y húmedos que las mujeres no pueden absorber a causa de su falta de calor. Si los hombres no tienen reglas es porque, en tiempos normales, su virtud natural, cálida y fuerte, digiere esa superfluidez”11.

Esas superfluideces son peligrosísimas y deben ser evacuadas o digeridas: es sangre corrompida, formada por residuos melancólicos, generadora de enfermedades, en especial de la lepra. De allí el peligro que se hace correr a un niño si se lo engendra durante las reglas…

El texto añade muy poco al o que ya había escrito en el siglo XIV Henri de Mondeville: “Esa sangre es la muerte, la podredumbre amenazante y cuando después de la concepción queda encerrada en los miembros del feto engendra la lepra, la rubéola y la viruela”. Tal cual, en su Tratado de Cirugía. O sea, la madre sería la responsable de esas enfermedades en el hijo..

Si nos retrotraemos al siglo I a. C., Plinio el Viejo escribía en su Historia natural:

Cuando la mujer es ese estado (menstruando= se aproxima, los vinos nuevos se agrían, los granos que toca se vuelven estériles, las plantas de los jardines se secan y los frutos de loa árboles bajo los cuales ella se sientan, caen. (…) el bronce y el hierro se convierten en presa de la herrumbre y adquieren un olor repelente. Los perros tranquilos (que han comido) se vuelven rabiosos y su mordedura fatal”.

(Las bastardillas me pertenecen)

Estas apreciaciones que inspiraron las prácticas médicas son omitidas en las informaciones que de un modo u otro podemos obtener las mujeres evitando así la crítica social que por lo menos en la actualidad podríamos ensayar. El silencio intelectual e institucional acerca de estos datos constituye un síntoma social y forma parte de una política destinada a mantener la subordinación de género a través de la ignorancia silenciando la historia de los abusos sobrellevados y padecidos.  Es una desinformación que invisibiliza la violencia.

Continuando con los aportes de Servert, en 1650, Harvey descubre que el embrión se desarrolla en un huevo y que la mujer produce un óvulo (célula) que será fecundado por el esperma del varón (en 1677, Hom y Leeuwenhoek, descubre el espermatozoide). De este modo se evidencia la responsabilidad de ambos sexos en la fecundación. Entonces la tarea materna conceptualizada como función se convierte en objeto de veneración y cuidado a través de la atención médica. Ello parece imprescindible no solo por lo misterioso de su matriz sino porque no consta que se halla desprendido de sus cualidades demoníacas. Se privilegia la debilidad de la mujer en razón de sus partos y enfrentamos entonces una nueva ideologización del discurso médico, que fomentará la ecuación que nos acompaña hasta hoy día: mujer igual útero igual madre12.

Foucault se refiere al siglo XVII señalando la represión sexual sobre la mujer asociada a la valoración de sus posibilidades como reproductora. Es una represión que formara parte del naciente orden burgués, que considera incompatibles sexo (maternidad) y trabajo. Generalizando podríamos decir que en el siglo XVIII aquellas conductas que se diferenciara de la maternidad colocaba a l mujer en situación de riesgo. Sin embargo en esa época se inicia una serie de juicios por o contra mujeres y ganados por ellas en lo que habría de ser un relámpago anticipatorio de la lucha por sus derechos.

Isabelle Vissière* describe varios de ellos, de los cuales seleccionó el de Mme. Blanchard, ocurrido en Rouen, 177213. desde fines del siglo XVIII se instaló en ciertos lugares de Europa, la costumbre de recurrir a los médicos cirujanos para acompañar los partos. Eran los tiempos de la Enciclopedia y parecía “más racional” hacerlo de este modo, a pesar el pudor de las mujeres. En ese entonces había dos estilos de partera: las matronas, que trabajaban especialmente en áreas rurales, no tenían diploma alguno y eran miradas con sospechas por la Iglesia, que les adjudicaba poderes ocultos; y las sages-femmes, algo así como obstétricas diplomadas, que solo podían trabajar bajo la dirección del médico. Rouen el caso Blanchard fue un intento de la corporación médica para desacreditar a estas mujeres y un movimiento masculino para frenar su participación en la vida profesional extra hogareña. Cierto día, Mme. Blanchard, es llamada de urgencia por una parturienta con hemorragias intensas y un embarazo de siete meses. Ocupada profesionalmente en ese momento, solicita se acuda al Dr. Drouet, a quien ella había iniciado en la obstetricia. Este médico, entiende que aún no era el tiempo del parto, se retira sin ocuparse de la hemorragia. Momentos después llega la partera, quien permanece con la paciente siete horas hasta yugular la hemorragia. Pocas horas más tarde se inicia el trabajo de parto: una presentación posterior, de modo tal que el bebé mostraba un pie, según reza el documento histórico, Mme. Blanchard manda a llamar al médico y mientras comienza a trabajar y advirtiendo la gravedad de la màdre y la debilidad del bebé, que, según había podido ver, era una niña. No osaba terminar el parto porque la colocación de la criatura era riesgosa y un mal movimiento podía fracturarle el cuello. Por fin logra sacarla hasta los omóplatos pero esperaba el momento que pudiera rotarla para extraerla. Aparece en ese instante el Dr. Drouet, insulta a la partera por haberse atrevido a proceder y le prohíbe seguir trabajando. Mme. Blanchard, le solicita un cuarto de hora más para poder hacer el movimiento de rotación. El se niega, tira su abrigo por el suelo y continúa insultando a Mme. Blanchard, de modo tal que la familia de la parturienta le solicita que seda el lugar al doctor ella le advierte: “Doctor, dejando de lado los insultos, le hago notar que el bebé tiene la boca apoyada sobre el hueso pubis de la madre, del lado de la cadera derecha. Tenga cuidado porque se le pueden entre las manos la paciente o el bebé”. El médico no hizo caso y decidió transportar y colocar en otra posición a la mujer sobre la cama moviéndola con el bebé colgando y a medio salir; una vez acomodada de esa forma, lo que determinó que la mujer se desmayase, continuó la tarea. Empezó por bajar los brazos del bebé que todavía estaban dentro de la madre manteniendo la abertura vaginal de modo que hubiese permitido el pasaje de la cabecita. Los descendió y pretendió sacar el bebé de un solo golpe. Pero, al haber bajado los brazos de la criatura, el pasaje vaginal disminuyó y se entrecerró. La maniobra del médico desprendió la cabeza del bebé del cuerpo, solo se mantuvo unida al tronco por una larga piel de dos dedos de ancho. Frente a esta incompetente maniobra, el doctor Drouet, hizo mover a la mujer sobre la cama volviéndola a su posición inicial, sin conseguir sacar la cabeza de la criatura. Llegó entonces u alumno de Drouet, cirujano, que había sido llamado por él y a quien le correspondía hacerse cargo del final de este parto: obtener la cabeza entera del bebé que permanecía en el interior de la madre.

Mme. Blanchard es citada frente la justicia por denuncia de la corporación médica de Rouen; acusada de llevar adelante prácticas para la que no estaba preparada, se le hace responsable de lo ocurrido y se la utilizan como excusa para afirmar, en un largo alegato, que las obstétricas no son aptas para atender los partos y que esta debe ser tarea exclusivamente a cargo del médico. El juicio donde figuran los alegatos de los defensores y la defensa a cargo de la misma Mme. Blanchard, es uno de los documento más esclarecedores que pueda leerse para atender cual era la política de la corporación médica respecto de las mujeres que practicaban la obstetricia. Por fin, siete años después finaliza el juicio, ganado Mme. Blanchard, cuyos antecedentes profesionales y personales constituyeron el soporte fundamental de su triunfo. Pero previamente perdió prestigio, clientela y dinero hasta quedar absolutamente desposeída. El parlamento de Rouen descargó a Mme. Blanchard de la causa iniciada contra ella, condenó al colegio de médicos cirujanos a pagar mil libras de intereses por los daños que la obstétrica sufriera, ordenó la supresión de los términos injuriosos y los datos calumniosos insertos en el texto de denuncias y autorizó la impresión y distribución de 50 afiches con la sentencia, cuyo gastos corrieron a cargo de los cirujanos.

Durante el iluminismo, existió cierta conciencia respecto de la situación de la mujer, lo cual, sin moficarla, producía sentencias de esta índole. He utilizado este espacio para narrar los avatares de Mme. Blanchard porque estoy convencida de que las mujeres debemos conocer nuestra historia y sus protagonistas.

Mujeres pobres-mujeres ricas.

Hasta aquí he mantenido la ficción de hablar de hombres y mujeres sin mencionar su pertenencia a clases o grupos económicos. Tomaré de Bárbara Ehrenreish y de Deidre English14algunos de los párrafos de su obra, esclarecedores al respecto. Las autoras utilizan un material descriptivo sobre la situación en los estados unidos entre 1865 y 1920. “El estilo de vida y los problemas de salud de las mujeres de clase alta diferían sustancialmente de las de clase baja, quienes padecían trabajo agotador debido al proceso de industrialización, las tareas domésticas y la crianza de los hijos. Las mujeres de clase alta que no trabajaban fuera de sus casas contaban con servidumbre que se ocupaba de la crianza de los niños y las tareas domésticas: ambas eran realizadas por mujeres de clases populares que, por lo tanto, no podían estar enfermas. Sin embargo, si esas mujeres eran inmigrantes, los observadores de la época las describían como ‘sucias y posiblemente contagiosas’”. N se desmayaban ni tenían padecimientos uterinos pero “eran portadoras de gérmenes del tifus, cólera y venéreas”. La distinción era clara: las mujeres de clase alta eran “enfermas” /trastornos nerviosos y uterinos) y las de clase baja eran “portadoras de enfermedades”.

El “delicado” sistema nerviosote las mujeres de clase alta reclamaba permanente atención médica, lo mismo que su útero, y cualquier sobresalto las llevaba a guardar cama. Eran el adorno de una sociedad que se industrializaba al precio de la salud de otros: las mujeres y los niños de las clases populares trabajaban a destajo a cambio de sueldos de hambre y eran atendidos en hospitales miserables cuando precisaban cuidados médicos. En España, la Concepción Arenal (1861) promovió una famosa denuncia al respecto.

Para las clases altas se creó el culto a la invalidez femenina, pero tanto ellas cuanto las mujeres de clases populares se enfrentaban con un riesgo que el hombre no compartía: partos y embarazos. (Recordemos la explosión demográfica que acompañó a la Revolución Industrial).

Las mujeres denlas clases bajas estaban suficientemente agotadas y exhaustas como para remitirse a los beneficios de la llamada fragilidad femenina. Podían perder su empleo si faltaban al trabajo y no tenían días especiales para atención de posparto. El problema de las sirvientas era grave: podían contagiar a sus patronas. Estos eran aportes de la “ciencia” médica que no sólo carecía de asidero sino que cumplían una misión discriminatoria sexista contra la mujer en primer término y en relación con la pertenencia a grupos sociales, porque sin la presencia de sirvientas, las mujeres de las clases acomodadas no hubieses podido explotar una fragilidad que la conducía a vivir reposando.

Investigadoras e investigadores de nuestro país han hecho aportes significativos en el mismo sentido. En su trabajo acerca de sectores populares en Buenos Aires, F, Jelin y M. del C. Feijóo afirman de modo contundente:

Lo ‘natural’ para una mujer de clase obrera es luchar, sufrir, acomodar las necesidades de las demás miembros de su hogar, subordinar los deseos privados y su estrategia para el mantenimiento de su familia al ingreso y otras condiciones que pone el marido y, a través de él, el contexto en que viven”15.

Por su parte, J. Llovet y S. Ramos16, en una investigación originalísima que analiza el uso de anticonceptivos en clases populares, sostienen:

En Argentina podríamos aventurar que, mientras los médicos no emiten públicamente opinión alguna – lo cual es un modo de opinar -, en la interacción con las mujeres de los sectores populares se mostrarían débilmente comprometidos a favor de la anticoncepción”.

Con lo cual – según la misma investigación – se diferencian de la política que al respecto siguen, por ejemplo, los médicos en Brasil. A lo que se suma (aun actualmente u a pesar de la derogación de los decretos que prohibían suministrar anticonceptivos e información acerca del tema en hospitales públicos) la reticencia a poner en marcha programas de educación destinada a mujeres que por su pertenencia de clase reciben asistencia en estos hospitales. Las mujeres de clases populares no cuentan con el asesoramiento médico necesario para regular su natalidad, cuando éste depende de la consulta hospitalaria, exceptuando la práctica aislada de algún servicio cuyo jefe personalmente lo autoriza*.

Úteros, ovarios, vocación de mujer sin clítoris.

En el siglo XVIII se produce en Europa “cierto florecimiento de la ginecología y obstetricia con la publicación de libros escritos por mujeres como: Candid Advine to the Fair Sex on the Subset of Pregnancy, de Marta jeans. Estalla una polémica sobre la dedicación de hombres y mujeres a la obstetricia que a su vez da lugar a otro libro: La petición de los niños no nacidos a los Censores del Real Colegio de Médicos de Londres, en el que se ridiculiza a los hombres que practican la obstetricia”17.

El capitalismo industrial del siglo XIX ratifica la posición social de la mujer, ahora servidora de los hijos y responsable por ellos, el discurso médico aparece revalorizando la función materna y la uteridad si se lo compara con épocas anteriores y se reconocen las patologías de la reproducción*disminuyendo la fuerza de los mitos. Pero, a pesar del nuevo enfoque, dicho discurso acerca de la fisiología de la mujer no se diferenciaba demasiado de lo que habían sostenido sus antecesores, en el siglo I a. C., y ene. Medioevo: se seguían definiendo las funciones femeninas como intrínsicamente insanas. Las menstruaciones eran consideradas síntomas de mala salud que exigían reposo: “El flujo menstrual agrava cualquier molestia uterina previa y vuelve a avivar con faciliadad las llamas adormecidas del mal”18.

Las menstruaciones dolorosas eran, para los médicos, consecuencias de una constitución irritable o de hábitos indolentes20: “El tratamiento de la amenorrea o menstruación suprimida era similar al de la anemia: laxantes, 10 gotas de tintura de yodo, aceite de hígado de bacalao, estimulación del apetito con Quina, un par de copas de oporto por día. Si se le consideraba un problema moral, lo mejor era un colchón de paja y un baño hirviente”.

La menopausia es una enfermedad incurable, la muerte de la mujer dentro de la mujer.” Se pensaba que la tuberculosis era desatada por el aparato genital y se la mostraba como modelo de enfermedad femenina por la fragilidad de su protagonista: palidez, piel transparente, labios encendidos. Era el mito de la mujer tísica acompañado por el romanticismo de la época.

La medicina atribuía cualquier molestia femenina a defectos congénitos o a toda actividad que saliera del marco de las consideradas femeninas: exigencias sexuales, competencias atléticas, bailes repetidos. Por eso, cuando comenzaba la menarca, las mujeres de clase alta guardaban cama para no malgastar la energía disponible para esa función. (De allí los educadores concluyeron que estudiar podía resultar fisiológicamente peligrosos para la mujer, un desgate “añadido”) 21.

En su obra Las enfermedades de las mujeres – 1849 – Hollick escribe: “No debe olvidarse que la Matriz es el órgano que controla el cuerpo femenino pues es el más excitable de todos y se halla vinculado con todas las demás partes del cuerpo a través de las ramificaciones de sus numerosas nervios”. Y en 1870, el Doctor V. W. Bliss:

Si admitimos el gigantesco poder de influencia de los ovarios en la economía animal de la mujer: si pensamos que son los agentes más poderosos de todas la condiciones que afectan a su organismo y que de ellos depende su reputación intelectual en la sociedad, su perfección física y todo lo que da belleza a sus finos contornos – constante objeto de admiración -; así como todo lo que en ella hay de grande, bello y noble, lo que es voluptuoso, tierno, seductor. Si pensamos que su fidelidad, sui devoción, su perpetua vigilancia, su intuición y todas aquellas cualidades de la mente y el carácter que inspiran, respeto y amor, y la convierten en la más segura y consejera amiga del hombre, tienen su origen en los ovarios… ¿Cuál no será la influencia y poder de estos órganos sobre la gran vocación de la mujer y los augustos fines de su existencia cuando los ataca la enfermedad? ¿Cómo esperar que la trayectoria de la mujer en el cumplimiento de su misión sobre la Tierra no sea una sucesión de penas, sufrimiento y múltiples dolencias, todas ellas provocadas por la influencia de tan importante órganos?”22 (Las bastardillas me pertenecen).

La práctica médica diagnosticaba desde el dolor de cabeza hasta la indigestión o el dolor de garganta como producto de la alteración uterina. En 1869, el doctor Diriz escribiría:

Se habla para las mujeres de dolencias de estómago, del hígado, los riñones, el corazón, etc.,, sin embargo en la mayoría de los casos, si se investiga a fondo, se descubrirá que estas enfermedades no son tales si no reacciones reflejas a los síntomas de una dola enfermedad, concretamente la enfermedad de la Matriz”23.

Con respecto a los métodos terapéuticos para el tratamiento de los trastornos uterinos, Hollick, en 1849, recuerda la aplicación de sanguijuelas en los labios vulgares provocando lo que se llamaba una contra irritación si se pensaba que existía irritación genital que consistía en provocar la aparición de yagas en las ingles y muslos. La aplicación de sanguijuelas sobre los pechos también podría resultar eficaz, según recomendaba este ginecólogo, y en algunos casos también se aplicaban sanguijuelas en el cuello del útero. El aislamiento psíquico y la permanencia en cama durante meses era otra terapéutica recomendada para el nerviosismo, así como los baños calientes y una alimentación sin carne ni especies. Los tratamientos más brutales se practicaron en el campo de la cirugía por medio de la ablación del clítoris y la extirpación de los ovarios, considerados productores de graves dolencias. Entre 1860 y 1890 se realizaron en EE. UU. Miles de intervenciones sobre los ovarios con criterio preventivo, para aquellas mujeres de carácter díscolo, con excesiva afición a la comida y las declinaciones eróticas. Algunos médicos afirmaban haber extirpado entre 1500 y 2000 ovarios y, según narra Baker Benfield, “los exhibían en bandeja como trofeo en las reuniones de la asosiación médica”24.

La clítoridectonomía avalada como hecho ritual se práctica aún hoy entre los somalíes, los coptos, los egipcios, Sudán, chumcho (Perú), en vastísimos territorios africanos y asiáticos y en algunas regiones de Australia. En 1960 intervino la Organización Mundial de la Salud, sin resultado: se sigue practicando en un número significativo de países*. Su finalidad sería privar a la mujer de una zona productora de un placer que no es necesario para la fecundidad.

Lo que interesa en este trabajo no se refiere al ritual en sí, sino a las justificaciones a cargo de lo médicos. En 1858 Isaac Baker, presidente de la Medical Society of London, introdujo la ablación del clítoris para tratar lo que el llamaba la consecuencia de la excitación periférica. Según él, dichas consecuencias influían en la epilepsia, la histeria y los trastornos convulsivos en general25. En 1866 publicó un estudio sobre 48 de estos casos. Mariet Bonaparte, psicoanalista, discípulo de Freud, se ocupo del tema propiciando la operación y argumentando de este modo se suprime una reliquia inútil del falo (Cf. su obra Sexualidad Femenina). En 1974 el profesor Pierre Hanry, especialista en erótica africana postuló que “la escisión es una tentativa destinada a favorecer la integración sexual de la mujer de criterios estrictamente sociales. La vocación de la mujer de Guinea es la maternidad.  La escisión suprime un órgano de placer estéril, por lo tanto asocial, para dejar subsistir, solamente el órgano del placer fecundo, es decir, social”. Fue en el congreso internacional de sexología médica26. (Las bastardillas me pertenecen).

Con respecto a la histerectomía reproduzco parte de un reportaje que respondiera el psiquiatra Laing en la revista Reporter de Madrid (1977). Decía: “En la conferencia de Roma – de donde venía – los ginecólogos han contado que la histerectomía era la respuesta a la anticoncepción, era una industria y por lo visto practicada por médicos que no tienen el menos respeto por el problema emocional que supone para la mujer el hecho de perder su útero para siempre. Personalmente creo que la mayoría de los ginecólogos odian a las mujeres. La envidia uterina de la función biológica es posiblemente más profunda que la conocida envidia del pene achacada a las mujeres”.

Años antes, un mártir de la medicina, el Dr. Semmelweiss, ingresaba en el Hospital General de Viena, donde habría de librar la mayor batalla del siglo de defensas de nuestra salud, en tanto portadoras de úteros. Eran los tiempos en los que la llamó fiebre puerperal mataba al 90 por ciento de las parturientas que ingresaban en la dala del Dr. Klin, a cuyas órdenes habría de trabajar Semmelweiss. En cambio, en la sala contigua, a cargo del Dr. Cartch, sobrevivían el 80 por ciento de las mujeres ¿Qué sucedía allí? Que Klin y sus colegas consideraban la enfermedad como un mal imparable, “un tributo” que debían pagar las mujeres… La ciencia médica hablaba de una epidemia que se transmitía en la atmósfera… hasta que en 1875 A. Gordon advirtió que las que morían debido a dicha fiebre siempre habían sido atendidas por médicos que previamente se habían ocupado a otras enfermas: es decir, se trataba de algo contagiado de un cuerpo a otro. Por otra parte, Semmelweiss descubrió que las parturientas que morían eran las que habían sido revisadas por los estudiantes al retornar de su clase, después de haber autopsias sin lavarse las manos. Esto no ocurría con las comadronas que al no hacer disecciones, no arrastraban gérmenes con sus manos27. Al publicar el trabajo informando sobre su descubrimiento y exigiendo el uso de guardapolvo para los médicos y el lavado de manos “Todos los médicos del Hospital Viena se lanzaron sobre el extranjero como una jauría rabiosa: ¡Estaba loco!”. El prestigio de los médicos vieneses estaba en juego: era el año 1861.

Poco más tarde Semmelweiss descubría que la infección no necesariamente llegaba de los cadáveres: era suficiente con el contacto de las manos para provocar la infección y obligó a los estudiantes a lavarse las manos con solución de cloruro clásico. ¡La mortalidad disminuyó a 0,23 por ciento! Pero la oposición venció y debió abandonar el hospital expulsado. Su tesis leída en la Academia de Medicina, fue rechazada y el Colegio Médico de Budapest lo reprendió seriamente advirtiéndole que no debía persistir en promover sus ideas… Poco tiempo después Semmelweiss muere. Y las mujeres seguirán infectándose cuarenta años más hasta que Pasteur puede ver y tocar lo microbios Semmelweiss imaginara “sobre la pirámide de cadáveres de las madres, la ciencia avanzó un paso más”.

La dinámica hormonal y su relación con lo psicosomático constituye otro capitulo de enorme trascendencia del cual solamente enunciaré algunos puntos. Psicólogos y endocrinólogos trabajan enfatizando la relación existente entre olas emociones y las respuestas endocrinas y viceversa; actualmente es difícil que puedan aislarse para una propuesta diagnóstica. No me ocuparé aquí de esta dimensión que ha producido distintos análisis. Pero recordaré la tesis de Benedek y Rubinstein vinculando hormonas y psicoanálisis. Estos autores plantean que la psiquis femenina reaccionaría “intensamente28 al comienzo de la producción de estrógeno, en respuesta de ello (las mujeres) tienen vivas representaciones sexuales a comienzos del ciclo y se el deseo sexual se satisface las repercusiones afectivas del incremento en la producción de hormonas con menos intensas” pero si no es satisfecho, la reacción podría ser un depresión; sostiene además que “en la fase premenstrual es el momento en que con mayor facilidad se desarrolla una leve de presión, manifestándose entonces en forma de pasividad y de dependencia , lo que puede ser interpretado  por el hombre como una apetencia sexual”. Simplificando: si la satisfacción o no del deseo sexual está en relación con una depresión, entonces el grado de salud de la mujer heterosexual depende del varón.

El resto del trabajo de estos autores hace referencia a aquello que los psicoanálisis descubren en los sueños de mujeres en situación premenstrual, pero sería necesario revisar qué es lo que los psicoanalistas esperan encontrar de acuerdo con la teoría psicoanalítica, ya que ello puede modificar la observación y la interpretación.

Para algunos autores la tensión premenstrual es un típico ejemplo de trastorno psicomático29 regulado por influencias hormonales y psíquicas, lo mismo que la dismenorrea. A partir de los trabajos de Mayer se plantea la influencia del miedo ante la menstruación como fenómeno inducido por la cultura. Este autor habla de la dismenorrea como reacción de protesta contra alguien del entorno: padres, maestros, etc. Por su parte, Novack, en Estados Unidos, observa30 la disminución de dismenorreas en relación con el incremento de la educación sexual en la comunidad. Estas observaciones también deberían ser revisadas desde una metodología rigurosa, pero intensa consignarlas en tanto implican nuevas perspectivas dentro del discurso médico y forman parte no sólo de la historia de la medicina sino de la historia del tratamiento que recibieron nuestros cuerpos.

 
 

Frígidas, lascivas y con el útero torcido.

Incluidas en la patología considerada psicosomática, encontramos las lumbalgias y el dolor pélvico que se adjudicaron tradicionalmente, como en el caso de las dismenorreas, a lo que se llamó retroversión uterina, un capítulo clave para la comprensión de nuestro tema.

A partir de 1900 la ginecología incorporó el concepto de útero torcido, al cual se le adjudicaban las lumbalgias, dismenorreas, dolores pélvicos, etc. Con lo cual “se fija en la mente de las enfermas una enfermedad imaginaria que las conduce a creer que están mal hechas; y por otra parte conduce al médico a quedarse con ese diagnóstico por lo general imaginario sin buscar los reales motivos del trastorno”31. En 1912, Bossi atribuye el suicidio al útero torcido y lo diagnostica como desencadenante de la psicosis. Las cefaleas, las epigastralgias, la astenia, la polaquiuria, la constipación, “se debía” a la retroversión uterina.

Mayer es quien sostiene que “el capítulo de la retroflexión es una tragedia en tres actos: en el consultorio fijando la atención de la enferma sobre la anómala posición del útero, luego en el quirófano. Y el tercero correrá por cuenta del psiquiatra”. En el Curso de decenios “toda una generación femenina fue educada en una especia de sugestión colectiva a pensar que la retroflexión constituía una grave enfermedad”. En 1908 empieza su campaña contra la ideología que encerraba el diagnóstico y en 1939 el tema se constituye en batalla entre los ginecólogos. En 1925 Usandizaga sostiene que un elevado número de mujeres en las que puede encontrarse retroversión no padece trastorno alguno. Y es Mayer otra vez quien lanza la famosa frase “Muchos conflictos psíquicos navegan por las clínicas bajo la bandera de una ginecopatía”.

Acompañando la idea de la retroversión uterina aparecen posteriormente “la llaguita en el cuello del útero” y las incontables cauterizaciones, junto con la cervicitis y la leucorrea, consideradas dibilitantes del organismo.

A comienzos del siglo las descargas del fluido blanco de la vagina producían perplejidad: se las llamaba flores blancas. Muchos médicos consideraban que su causa eran las lecturas eróticas, una pubertad temprana o difícil, la masturbación y la concentración de sentimientos, pensamientos y objetos que hacen que los órganos sexuales – decían – permanezcan en un estado de turgencia y excitación”. Además, las inflamaciones de la vagina “eran debidas a la masturbación, coito, abstinencia, mantecados, té, alcohol, corsés demasiado apretados o leer novelas francesas”32.

Desde el comienzo de los tiempos sobrellevamos dos acusaciones mayores: una era la de lascivia y concupiscencia. No solamente somos las que conducimos al hombre al pecado merced a nuestros desenfrenados deseos sexuales, sino que también provocamos catástrofes por causa de ellos. En la historia eclesiástica (Flandrin Super Genesium ex Metodio) “está dicho que la causa del diluvio fue que las mujeres transportadas de locura habían hecho mal uso de los hombres, estando estos debajo y ella encima…”. Esta historia ya había comenzado con Lilita, antecesora de Eva, primera mujer de Adán que se negó a copular acostada siempre debajo del varón, enfrentándose con él y proponiendo otra posición. Como este no transigiera con el cambio que ella exigía argumentando que “había sido hecha de barro por Dios, igual que él y por lo tanto no tenía por qué quedar siempre debajo”, Lilita se enfureció y se fue del Paraíso. Figura en la mitología como diablesa33.

La otra acusación es la frigidez que se describe como síntoma y que actualmente se considera un insulto. Su historia deviene de la siguiente idea: siendo el placer necesario para la gestación, era prescindible para la mujer. No ocurrió siempre del mismo modo. Los teólogos del Medioevo buscaban acordar entre el placer y la concepción. Creían que lo que llamaban el semen femenino era necesario para la procreación que derivaba naturalmente del placer. Decían que “los niños concebidos con una madre que conocía el placer eran más bellos”34. Entonces, la mayoría de los teólogos decidió que la mujer que controlaba su placer – “para no quedar embarazada”- cometía pecado.

Para no abundar más en la acumulación de daros, solamente tengamos presente que – respecto del placer -, ya fuese por una causa o por la otra, lo habitual era (es) recibir alguna clase de condena. O ser puesta bajo sospecha. Por gozar. O por no hacerlo.*

Palabra y discursos.**

Las palabras que hablando de nuestras especificidades y diferencias podían representarnos como género, estuvieron ausentes, históricamente, en la redacción de códigos y en la toma de decisiones extradomésticas (por enunciar sólo dos ejemplos); también carecimos de ellas y de posicionamiento social para oponernos y cuestionar lo que distintas culturas afirmaban acerca de nuestros cuerpos. No obstante, dentro de algunos sectores (la familia, por ejemplo) nuestra palabra podía lograr, a veces, sentidos reconocidos como valiosos y por su intermedio crear otras formas de cultura. Dice G. Andolfi: “… es el de las mujeres un fenómeno comparable al de los grupos sociales explotados, sometidos a la presión ideológica de la clase dominante y que han creado una cultura indudablemente subalterna, pero no inespecífica ni desprovista de valores universalizables” (citado por Celia Amorós en Hacia una crítica de la razón patriarcal, Ed. Anthropos, Barcelona, 1985).

Planteando las cosas de este modo se evidencia que la “palabra” no puede ser contenida dentro de los límites de la lingüística sino que remite a una teoría de los discursos, como lo propone E. Verón35 en la que es fundamental la producción de sentidos. Uno de esos productos es la ausencia de protagonismos social de la mujer en tanto instancia reconocida e historiada. Otro producto es la ausencia de documentos que nos permitan saber qué es lo que las mujeres dijeron a través de los tiempos. Son fenómenos sociales que se evalúan por un aparte desde lo faltante; por otra, desde la existencia de las mujeres en la historia de la civilización como productoras de discursos que no fueron inscriptos en el orden de la escritura. A lo que añadimos la progresiva aparición de mujeres que reclamamos por los faltantes y evidenciamos su presencia. Es el caso de este trabajo, en el que yo me pregunto: ¿Existirá alguna relación entre esta ausencia de la palabra socialmente reconocida y los cuadros llamados psicosomáticos teniendo en cuenta que éstos han sido vinculados con la capacidad de simbolización y con la expresión (verbalización) de necesidades, así como una excesiva adaptación a la exigencias del medio?

La pregunta interesa frente a una clínica que no plantea diferencias entre un lumbalgia o una acefalia parecidas por un hombre o una mujer, cuando se trata de un dato relevante vinculado con el modo en que cada género aprendió, históricamente, a significar su cuerpo y sus funciones. Por ejemplo ¿Cuáles habrán sido los significados otorgados a las menstruaciones ya los artos por aquellas mujeres que asistieron al nacimiento del discurso médico, cuando se transito desde el mito y la magia, en la paleomedicina, hacia los primeros aportes considerados científicos, alejados de lo sobrenatural?

Pregunta productora de sentidos y que tiene una expresión discursiva: escribo acerca de lo que pienso y lo expongo a discusión. Pero, si aquellas mujeres de otros tiempos hubiesen intentado preguntar o sugerir sus propios criterios frente a lo que los médicos decían, ¿Qué les hubiera sucedido en caso de no coincidir con ellos?... hubiesen tenido que sobrellevar la punición social resultante de oponerse a un discurso masculino formulado sobre el poder político de los cánones consagrados. El sistema de redes sociales en lo que se escribió el discurso médico correspondían a un ordenamiento social de cual también ellos formaban parte. Tal vez se haya iniciado entonces un verdadero trabajo social de adaptación al medio, recreando, al mismo tiempo, mitos y tabúes de acuerdo con la adjudicación de sentidos en las distintas épocas.

La punición social probablemente no hubiera funcionado como entidad aislada para la mujer, sino articulada con los diálogos que ella sostuviera consigo misma, registrando su desamparo al no encontrar interlocutoras que compartiesen sus vivencias y opiniones. Oyéndose a si misma sin el sostén de una palabra social – grupal (de género) podría desembocar en la posición de aquellas que “se queda hablando sola”. Su aparato psíquico aparecería impidiendo de encontrar palabras que fuesen socialmente reconocidas de modo tal que quedaría expuesta a un caos interior36. (Los locos hablan solos de cosas que sólo ellos entienden). Al respecto, Rosario Ferrer: “(la mujer) se ocupa, mucho más eficientemente que ningún tribunal de castigarse a sí misma: se siente aterradoramente culpable”, cuando menciona a las mujeres que intenta romper patrones convencionales.

La heterogeneidad, en este cado femenina, precisa ser representada y expresada a través de la imagen y la palabra lo mismo que lo pulsional, e incorporarse al circuito social. Entonces, aquellas mujeres que quedasen a merced de sus propias construcciones sin un aporte social compartido podrían inaugurar discursos personales cargados de riesgos.

Frente a esta alternativa, el discurso médico y el social ofrecían refugio a través del escandalismo: “las mujeres son así”. Más les valía adecuarse a ambos si no querían marginarse: se socializaban en un encuadre cognitivo pertinente, según lo admitido y promovido en cada época.

En tales discursos las mujeres ocupaban la posición de subordinación*; quizás este fuera uno de los motivos que posteriormente inspiró la tesis del masoquismo femenino, como algo “natural” dentro del género. En estas épocas, adaptarse y por lo tanto someterse parecía ser garantía de supervivencia. Las mujeres que pudieran disentir constituyeron una franja peculiar, distinguiéndose de las otras. Quizás haya sido el estilo de Juana de Arco, Olimpia de Gouges, Safo y tantas desconocidas. Encontraríamos por lo menos dos grandes líneas en los discursos de las mujeres: el desafiante bordeando la zona de peligro (muerte, ostracismo) y el discurso de la domesticidad vinculado con lo que se llamó “lo privado” y que incluía saberes misteriosos, “mágicos”, que a menudo demostraban ser eficaces. Era un apalabra de mujer ajena a las desiciones de la vida ciudadana y política pero constituyente del propio discurso y su imaginario personal** en los cuales partos, amamantamientos, goces, muertes y embarazos ocuparían un lugar primordial. Probablemente los discursos de los hombres careciesen de saberes equivalentes: tenían que inventar palabra que fuesen una cuña dentro de ese vientre tenso y supliciado, “claro y profundo” al decir de Miguel Hernández. Impotentes para resolver lo que acontecía en los partos, hasta que la medicina pudo coadyuvar con nosotras, les restaba hablar de ello tergiversando y negando los afectos que les despertaba saber que las mujeres llevamos un ser humano, en nuestro interior para parirlo luego, a través de una práctica que puede ser sin tropiezos o mortal, pero siempre desgarrante. Para los discursos masculinos debe haber resultado complejo incorporar lenguajes vinculados con estas prácticas femeninas que los hombres no producen en sí mismos y de las cuales provienen.

El discurso médico inventó palabras e hipótesis para explicar lo que no se veía (el interior del cuerpo del a mujer) y creó su propio imaginario al respecto. Al aplicarlos probablemente favoreció parcialmente la represión del imaginario femenino. Lo desconoció y aportó un lenguaje masculino*, con el cual habría de aliarse la mujer para convivir “correctamente”, obedeciendo los mandatos que le imponían un “deber ser”. Lo cual nos conduce a recordar la importancia que tiene la sobreadaptación en los cuadros psicosomáticos. En ellos no estamos frente a un fracaso de la represión y el retorno de lo reprimido como suponemos ocurrió en la neurosis. Son dinámicas diferentes las que están en juego. Esto no implica negar la existencia de patologías específicas pretendiendo sustituirlas por lo no-dicho o el orden simbólico. Propongo analizar las distintas patologías advirtiendo que entre los géneros existen diferencias que las prácticas sociales han omitido, invisibilizando la especificidad de los problemas de la mujer.

Tal vez algunos discursos médicos contribuyeron a obstruir la posibilidad de que la mujer produjera su propia palabra respecto de su cuerpo coadyuvando así a la represión y rechazo de su imaginario. En lugar de pensar nosotras qué significa por ejemplo menstruar, aceptamos la noción de enfermedad mensual tal como históricamente lo afirmó la medicina (y como alguna religión promoviera). El tabú de la sangre recientemente ha sido analizado por A. Testar en su trabajo sobre “estructuras simbólicas generalizables” que recorrían el mundo (Mundo Científico, Nº 64, Valencia, 1985), aportando una interesantísima visión antropológica que revisa los tabúes tradicionales.

Hubo una familia de palabras que las mujeres no pronunciaron en alta voz, que no se incorporaron como algo común ene. Registro de la vida pública y que no sabemos de qué modo se habrán convocado en la constitución de su imaginario: menstruar, gozar, flujos, abortar, por citar algunas. Esto habrá generado un vacío, puesto que no se desconocía la existencia de esos fenómenos, sino que las palabras que los mentaba o bien no circulaban públicamente o bien se interpretaban como suciedad, pudor, inferioridad. ¿Sería el origen de la represión para el imaginario de la mujer donde podían anidar fantasías y creencias acerca de su fisiología?... Ese espacio ¿fue ocupado por “otra cosa”?...

No podemos ignorar la existencia de una anatomía imaginaria que cada persona crea respecto de su cuerpo a medida que inviste sus órganos, vísceras y distintas partes del mismo con deseos y fantasías. Dicha anatomía imaginaria forma parte del imaginario personal.

Recordemos un texto de Sami Ali38 en el cual la menciona la represión del imaginario como una característica de base en los cuadros psicosomáticos.

La ausencia de lo imaginario no es una carencia, un no ser real. Ella es la que advierte del funcionamiento de lo psicosomático cuando la represión (caractericial) interfiere” (el acceso a los sueños ya que de ellos viene hablando este autor).

La represión en el imaginario de la mujer permitiría, no obstante, una filtración de representaciones o estados vinculados con el funcionamiento de su organismo y con fantasías que podrían ser verbalizadas por palabras que, aunque adquiridas ene. Discurso social, de refieren a códigos propios: lo que dio en llamarse “cosas de mujeres”. Estas ‘cosas’ incluirían la creación de los propios mitos y creencias, así como la posible vivencia de injusticia en muchas de ellas, pero sin posibilidad e verbalización: históricamente dependemos de un discurso unívoco que dividió al mundo en ‘alguien’ (es) y ‘algo’ (s), subrayando la diferencia entre esos ‘alguien’(es) y esos ‘algos’ mujeres. La mujer se subordinó a una posición de objeto renunciando a su subjetividad y a la especificidad de su relación con lo imaginario”. Este mismo es el planteo que sostengo en mi trabajo Mujer y moral39, que remite a las legalidades que las mujeres decidieron aceptar consagrando su inferioridad con fuerza de verdad “natural”, tal como lo proponía filosóficamente el discurso masculino, que puede entenderse como una contingencia transformada en necesariedad. También el mundo representacional (psicológico) se constituye en función de ambas dimensiones: lo contingente, referido al mundo exterior (el discurso médico) y cierta necesariedad de algunos actos psíquicos que responden a lo que cada quien sea en tanto miembro de la especie y poseedor/a de característica propias y protagonista de desenlaces psíquicos que no dependerán inevitable de los estímulos externos. La construcción de la subjetividad autorizaría a pensar en una impregnación de tales necesariedades de modo que los propios pensamientos no deriven exclusivamente de lo aprendido a través de los estímulos externos sino admitiendo los modos personales de procesarlos.

Recordemos que la construcción de la subjetividad, en este caso la femenina, incluye una serie de variables; señalo especialmente la función del imaginario, las relaciones intersubjetivas, el aprendizaje de posicionamientos sociales derivados de la subordinación y explotación de género y la vigencia de la historicidad.

En su construcción, contamos con un ejemplo paradigmático de lo que puede ser una necesariedad socialmente impuesta: se nos enseñó a decir, desde pequeñas, que cuando menstruamos “estamos indispuestas”. Repetición40 en la cual evocamos reiterativamente la imagen de mujer portadora de enfermedad tal como lo promueve el imaginario social*.

Hubo épocas en que no se podía mencionar el tema; el pasaje de sentidos desde una época a otra es evidente cuando comparamos publicidades. Recuerdo los discretos avisos que, siendo niña, leía en las revistas femeninas. “Para esos días, tome Evanol”. Lo ilustraba la cara agriada de una mujer sufriente. Comparemos con la actualidad: en página central de cualquier publicación aparece una joven bañista zambulléndose entre las olas. Una sigla acompaña la imagen: O.B. debajo, una cuidadosa explicación acerca del modo de colocar un tampón, esclareciendo al lector con el corte de una pelvis femenina. ¿Qué sucedió con “esos días” en los que no solamente no se podía ir a la playa sino que tampoco estaba permitido lavarse la cabeza?...

Estar indispuesta” es una expresión que encubre la violencia que acompañó, históricamente, nuestra oposición como persona. Repetirla forma parte de las estrategias de adaptación utilizadas por el género instrumentando la complacencia que pudimos en práctica para ser como los hombres decían que éramos: enfermas por menstruar.

Sería útil analizar las políticas de sociedades ágrafas y tribales respecto de la menstruación. Es imposible en este ensayo pero sabemos que la tradicional afirmación de los antropólogos sobre que las mujeres menstruantes son aisladas (por los hombres) en chozas especiales para evitar que contaminen armas y alimentos, tiene actualmente, una interpretación opuesta. Habrían sido las mujeres a quienes se aislaban por cuenta propia para defenderse del deseo masculino en días infértiles41.

Preciso es reconocer que, por su parte, el discurso médico fue tributario de un organicismo y un funcionamiento que los varones también padecieron. Estas concepciones constituyeron obstáculos epistemológicos que demoraron o impidieron la posibilidad de pensar el cuerpo como soporte y recorrido de energías pulsionales. Este obstáculo sirvió – y sirve – para impregnar axiológicamente el funcionamiento de órganos y vísceras.

Sin embargo, nuestra visión actual no puede desconocer la “historicidad de lo racional” que responde a la lógica imperante en cada momento.

Lo que actualmente puede parecernos irrelevante y desmesurado, es posible que, consultando los textos de otras épocas, entonces haya cumplido otra función”42.

Y seguramente continúa cumpliéndola en aquellos lugares en los que responde a complejas razones, ya que es improbable que el comprender vaya acompañado por un salto delante de la conciencia. Entonces, ¿Cuáles serán las funciones que cumplen los textos de ginecología y obstetricia que, desde 1950 se utilizan en España, por ejemplo?

Algunos ejemplos de lo que se enseña a los médicos.

De Víctor Conill Montubio y su hijo, en su Tratado de ginecología, 5ta. edición, Barcelona, 1967 (citado por Jesús M. de Miguel):43 

(El aparato genital femenino) cuando ha llegado al fin de su destino se convierte no en un órgano pasivo sino parásito, que interviene en el metabolismo de su portadora, en la que la vida ha perdido su trascendencia generativa y por ende su máximo valor (…)

De su útero no puede esperar más que motivos de muerte prematura no del todo evitables con periódicos y molestos reconocimientos hasta la extrema vejez (…)”.

Este texto se encuentra en su quinta edición. Es decir, ha sido consumido por varias generaciones de médicos a partir de la mitad de este siglo. Los mismos autores escriben: “la mujer es frígida por naturaleza”, en la página 203 de su Tratado.

José Dexeus, en La sexualidad en la práctica médica; por su parte, acota:

La docilidad de la mujer se deduce en el plano amoroso por su afán de someterse y en lo social por una desconfianza sistemática ante todo afán renovador, aunque sea en su beneficio”.

Y Valentín Moragas: Enciclopedia de la vida conyugal y sexual, 1956, no se queda atrás:

La mujer tiene obligación de cuidar sus atractivos y proceder como si cada día hubiese de conquistarlo de nuevo. En sus relaciones sexuales (…) ha de procurar tomar parte o al menos fingir que toma parte activa en el goce sexual, lo cual aumentará el del marido”.

Otra vez los Conill, en su Tratado de ginecología:

Aparte de la influencia de factores ambientales y genotípicos (…) los hechos de correlación endocrinológica nos permiten opinar que si la actuación del hombre está informada por la fuerza, la capacidad de abstracción y el ingenio (influencia corticosuprarrenal y de la glándula intersticial), la mujer se mantiene durante toda su vida ovuladora en un plano emotivo (Predominio tiroideo) y afectivo (influencia lúdica)”.

Quiero subrayar el párrafo que sigue: “el avance brusco de la esfera afectiva sobre la intelectual en la pubertad femenina es un hecho que no admite dudas. En el resto de su vida, esos atributos indeclinables para la función maternal serán su mayor atractivo”. No hay, como se ve, el menor titubeo en transitar la axiología y la estética. En el mismo plano el Dr. Scanzoni “adoptaba un aire de indignación moral ante el inmoderado y excesiva excitación sexual tiene mucha importancia en la etiología del cáncer, siendo lo más dañino, no la frecuencia, sino la excitación moral que lo acompaña”44. Esto sucedía en los comienzos de siglo. Pero, en 1963, Robert Wilson (Obstetric and Gynecology) citado en el libro Nuestros cuerpos, nuestras vidas postula que “la única vía real para la felicidad de una mujer es el casamiento”45. Y añadía: “la participación y experimentación de los coitos por la mujer adolescente o adulta en situaciones distintas al matrimonio no sólo raramente resuelven sus problemas personales sino que a menudo provocan sentimientos de culpabilidad, vergüenza y pérdida de respecto por si misma”.

En 1968 Botella Llusiá, profesor de obstetricia y ginecología de la Universidad de Madrid, escribe en el texto oficial de su cátedra: “No creo a la mujer inferior al hombre sino destinada por la naturaleza a actuar en la vida de modo distinto. Tampoco la quiero condenar a la incultura. Me parece muy bien y creo que todas las que puedan hacerlo deben estudiar una carrera universitaria; pero no aplicativa, es decir técnica. Sino esas otras mucho más bellas a las que por desgracia los hombres no nos podemos dedicar como las Letras, la Filosofía, el Arte, las Ciencias Naturales. Sería bello y esto en algunos países empieza a pasar, que el hombre, cuando llega cansado a su casa se encontrase no con una mujer agotada que vuelve de un hospital o una oficiaba sino con una mujer que tiene una cultura que a veces a él le falta y le sirve de complemento y reposo”.

Santiago Cexeus en su Tratado de ginecología, 1970, decía:

Este síndrome (hablando de la tensión premenstrual) tiene un aspecto social que obliga a formular diagnósticos. En las mujeres jóvenes existe una mayor predisposición a la delincuencia y alteraciones de la conducta. En las casadas se altera la paz familiar y aparecen trastornos en el área sexual y a veces una tendencia impulsiva a la violencia y el crimen”.

No hay en la obra datos estadísticos que avalen estas afirmaciones. José Botella decía en 1975: “La mujer, en pago de su esfuerzo reproductivo, debería verse libre del áspero contacto con l mundo exterior. Debería vivir defendida por le hombre en el microcosmo que es la familia” (en Esquema de la vida de la mujer).

“(La mujer) tiene conciencia de su inferioridad y esto lo hace suspicaz y desconfiada. Tiende a la intuición y al presentimiento más que a la razón”. Así les explica Santiago Dexeus al os estudiantes de Medicina, en 1970, en la página 432 de su Tratado de ginecología.

La composición de estos discursos muestra la persistencia de ideologías que me excusan de cualquier comentario; son formas de mayores de la violencia sobre la salud y la constitución de la subjetividad femenina. ¿Qué es lo que los médicos resultantes de estas enseñanzas podrían decirle a las mujer acerca de sí misma?... (Exceptuando aquellos capaces de revisarlas y criticarlas).

Las autoras del Colectivo sobre salud de las mujeres (Boston) aportan una respuesta:

Muchas de nosotras estamos buscando una figura autoritaria, buscamos un padre en nuestro médico. Y los médicos alimentan nuestra dependencia como algo saludable y terapéutico beneficioso (¿Para quién?)”.

Citan a Sprague Gardien en Psychosomatic Aspects of Obstetrics, Nueva York, 1966: “La mujer espera ser reconocida, aceptada y aprobada por una figura autoritaria (el médico) a cuyas manos ha entregado completamente no sólo su persona sino también al niño por nacer”.

He aquí el fenómeno de complementariedad de estos procesos: los discursos médicos cuentan con las alianzas de muchas mujeres, ya sea porque ellas desconocen tales alianzas, ni siquiera las sospechan o, porque advirtiéndolas, las estimulan. Omitir las responsabilidades del género implicaría el desconocimiento de los mecanismos de persuasión - y de sus complementarios de aceptación – así como la ignorancia respecto de las condiciones de producción y reconocimiento de responsabilidad social y ética del género masculino.

Este es el punto en que debemos recurrir a la instalación y desarrollo del juicio crítico en aquellas mujeres que aún reiteran las nociones de los discursos masculinos cuando deben evaluar su historia personal y pensar en sus destinos.

Es M. Burin quien lo dice claramente:

El ejercicio del juicio crítico permite develar esa cotidianeidad, interrogándola, reconstruyéndola en sus prácticas, analizando sus orígenes, evaluando sus efectos sobre la salud mental de las mujeres”46.

Encontramos notables coincidencias en la evaluación del cuerpo de la mujer en regiones y civilizaciones muy distantes entre sí y cuyas concepciones coinciden, no obstante, cuando se trata de ese tema.

Entre los matacos, la descripción acerca del origen de sus héroes míticos, incluye el siguiente relato:

Había una mujer que tenía sangre (menstruante). Entonces llegó Tokjwaj* y le dijo: ‘Usted no tiene que salir; debe quedarse adentro. Si usted sale el Lewo va a hacer macana, se va a enojar’. Pero la mujer no creyó y salió y se fue bien lejitos. Al rato volvió a su casa y se sentó. Pronto se nubló y al rato llovió muy fuerte. Empezó a tronar ya sacudirse el mundo. Takjwai estaba muy afligido y empezó a buscar a los otos muchachos. Llovía porque Lewo no quería a esa mujer”47.

Encontramos aquí también la responsabilidad de las mujeres en los disturbios celestiales y la alteración de la naturaleza por causa de su menstruación. No parece haber demasiada distancia con algunos textos del discurso médico que venimos analizando.

Los aztecas conformaban un pueblo guerrero con una cultura de avanzada; la fecundidad de la mujer era fundamental ya que la cantidad de hijo producía en soldados. La capacidad femenina de engendrar hijos sanos y fuertes estaba en relación con los períodos transcurridos entre cada nacimiento: tres o cuatro años. En Sahún, Libro XI, se citan los brebajes que se usaban como anticonceptivos. El parto estaba a cargo de comadronas quienes en el momento de nacer el niño emitían un grito de guerra; el nacimiento se equiparaba con la captura de un enemigo en el campo de combate48.

Esta enunciación de prácticas médicas y actitudes masculinas de ninguna manera implica suponer una opresión fálica inmutable y sin contradicciones que bloquease o anulase per se la expresión de pretendidos “valores femeninos”. La advertencia es fundamental para evitar esencialismos tales como lo femenino y lo masculino.

Desde otra perspectiva y repasando la historia y la antropología advertimos que todo cuanto se afirma acerca de la peligrosidad y negatividad del útero se opone al tratamiento que distintas culturas otorgan a la placenta y al cordón; ambos vinculados con el ombligo, con venerados y muchas veces tratados ritualmente, tal como lo describe Tibon.49Desarrollo el tema en mi trabajo50 sobre el huevo, la placenta y el cordón y subrayo el silencio que aún los rodea en los discursos femeninos.

La cara de la madre: interpretación psicoanalítica.

Cuando la mujer comienza a incorporar el discurso médico ya ha transitado por una experiencia clave de su niñez: mirar la cara de su madre y ser mirada por ésta. La madre ha construido sus propias significaciones acerca del ser mujer, adaptándose al orden social o en contradicción con él.

Algunas madres miran a sus niñas pensando “pobrecitas”, compartiendo la “desgracia” del género. La cara materna es un soporte fundamental para la proyección de vivencias y estados corporales de la hija. En ese rostro la niña reconoce su propio estado de ánimo, como cuando alguien va el médico temiendo estar enfermo y después de haber sido revisado mira atentamente la cara del profesional mientras le pregunta: “Y… doctor?” si la cara es sonriente se produce un alivio en tan paciente se identifica con ese rostro. Como si dijera: “-¡Ah!, di tiene esa cara es porque estoy bien”. No es exactamente el mecanismo puesto en marcha por la niña, pero se asemeja.

La cara materna pertenece al orden de la contingencia: puede estar triste o alegre, etc.; responderá a la mirada de la niña según hayan sido sus vivencias, según hayan imaginarizado su posición como mujer y según el efecto de haber parido una congénere. Al mirar ese rostro, la niña proyecta en él sus estados de ánimo, preguntándose de eso modo por sí misma. En un comienzo de su vida, la beba no diferencia a esa “otra” de sentido propio. Esa proyección inconciente previa a ka instalación del lenguaje es un mecanismo exploratorio y no defensivo: mira la cara de su mamá en la necesidad de sabe como se siente ella misma. La cara materna funcionaría como noticia acerca de los afectos y de los estados internos del cuerpo infantil; si se trata del rostro de una mujer que sobrelleva los efectos del discurso médico tradicional, repropondrá a su hija el malestar que ella aprendió a sentir, interfiriendo el registro inicial que de su estado de ánimo podría tener la niña. Como una captación temprana de lo que quizá deba oír cuando crezca.

Es en ese encuentro, entre “la que sabe” acerca de las desdichas por ser mujer y la que “se pregunta” por sí misma, donde el discurso médico coloca su primera cuña, cara a cara entre ambas mujeres. Sería una violencia que no se registra como tal: invisible.

Podríamos preguntarnos: ¿Cómo se desarrollaría esta dinámica proyectiva? Suponemos que, previo a la instalación de la palabra, existen estímulos ya en el interior del cuerpo que son proyectados al exterior sobre determinadas zonas corporales; éstas, frente a estímulos exteriores, podrán convertirse en zonas erógenas, particularmente en el caso de los orificios y las zonas recubiertas por mucosas. Estimuladas, esas zonas responderían con voluptuosidad y no sólo registrando la sensación. Imaginemos una beba con hambre; a través de su boca ingresará no solo el alimento sino que el chupeteo se transformará el mismo en un placer, más allá de la satisfacción por el hambre calmada. La boca, zona erógena, registrará ese placer voluptuoso. Más adelante podrá aparecer un objeto sobre el cual proyectar esta experiencia placentera: el chupete, que se convertirá en soporte para que ese placer se repita con hambre o sin ella, por el mero succionar. La ecuación entonces sería: órgano interno que reclama ser satisfecho – boca (zona erógena)- chupete, siendo este último aquel lugar u objeto que permite la producción de placer debido a la proyección. Aunque no exista hambre, ese objeto-lugar produce placer al ser chupado.

¿Cuál sería la tesis para referirnos a los trastornos psicosomáticos? La zona de placer no s implantaría fuera del cuerpo (madre y/o chupete), sino que, una vez creada la zona erógena, la búsqueda de placer retornaría hacia los órganos generadores de la tensión de necesidad. Volvería hacia la panza de la beba, fijando sobre ella la libido en lugar de desplazarse sobre un objeto externo. De este modo se produciría el síntoma o alteración, en este caso, en relación con el aparato digestivo.

Al fracasar la proyección, la zona erógena se mantendría como fuente de la pulsión pero su objeto o su meta no aparecerían como habitualmente se lo describe (cosa o persona del mundo exterior) sino que se remitiría al órgano interno; lo cual marca una alternativa importante para la comprensión de lo psicosomático*.

¿Cómo podríamos correlacionar este modelo con una figura materna que fuese un “buen” soporte para la proyección de la voluptuosidad incipiente de la niña, de los goces que puede sentir cuando su cuerpo es acariciado o su hambre satisfecha? Sería el modelo de aquellas mujeres cuyo modo de proceder, contiene, tolerante, en estado de bienestar permite que la hija pueda proyectar su placer porque existe “afuera” quien goce con ella; esa tarea no podría ser cumplida por una madre indiferente ni por una madre sobreprotectora. Estas últimas estimulas permanentemente a sus hijas, equivocando la interpretación de las demandas infantiles: les dan de mamar cuando las bebas precisan dormir, hiperestimulándolas en una zona que en ese momento reclamaba reposo. O sea, cuando precisa dormir, la beba sería estimulada en la boca, centrando el placer en una zona “equivocada”; cuando ella necesitaba volverse sobre sí misma, desconectarse del exterior y descansar51, la madre la induce a succionar.

La madre en tanto estímulo externo es un soporte sensorial de la proyección que aparece cuando amamanta y desaparece cuando su beba duerme reconociéndole sus derechos a prescindir de ella. La madre sobreprotectora se ofrece permanentemente como objeto y estímulo obligando a la beba a refugiarse en su interioridad corporal: sería el riesgo de la presencia materna que no logra discontinuarse, lo cual sucede a menudo debido a las indicaciones del discurso médico respecto de “ser buena madre”, enfatizando las bondades de permanecer continuamente en el hogar en lugar de estudiar o realizar tareas extradomésticas. Desde otra perspectiva, una mujer desvalorizada genital y sexualmente difícilmente puede erigirse en un buen soporte par ala voluptuosidad de su niña.

La madre adoptante frustrada en el concebir que no se atreve a poner a su beba en el seno “porque no tiene leche”, creyendo que “dar el pecho” significa alimento exclusivamente, es un ejemplo prototípico e la privación de placer que produce el contacto de la mucosa de la boca con el pezón. Este es un ejemplo que permite entender cómo la imaginarización del cuerpo femenino – que no se apoya en la narcisización sino en la construcción de su imaginario – aparece interferida por un mandato que no llega exclusivamente desde el discurso médico, pero sí ligado a él. La mujer no puede asumirse como persona dadora de placer y estímulo para la voluptuosidad de la hija ya que la sacralización de la función materna la ha desterrado de toda asociación con lo gozoso cuando esta teñido sexualmente. Un extenso desarrollo del tema se encuentra ene. Libro sobre la adopcion52.

¿Cómo se habrán articulado las significaciones que la niña otorgara ala mirada y a la voz de la madre con los distintos momentos de su desarrollo psicosexual?... ¿Qué otras alternativas más allá del rostro de la madre inciden prioritariamente en la constitución del síntoma o los cuadros psicosomáticos? (Esta última pregunta está destinada para evitar un planteo determinista). La relación temprana con la madre esta teñida por la empatía: modo de comunicarse con el/la otro/otra, comprendiéndolo/a y pudiendo identificarse con ese/a otro/a sin absorber su angustia. Mecanismo que juega un papel preponderante cuando la madre compadece a la hija por ser mujer, como un modo de compadecerse a sí mismas, sin lograr distinguir entre ella y su niña.

O cuando enfurecida por algún conflicto con la hija responde desde su propia angustia.

Veamos una distorsión de la empatía: una mujer cuenta a su amiga: “Fui a ver a mi ginecólogo, me dijo que tenía una llaguita en el cuello del útero y me la quemo. ¡Es feísimo!... ¡Hasta se siente olor a carne quemada!” entonces la otra mujer le responde: “Mi ginecólogo también me dijo que tengo una llaguita pero que no era necesario cauterizarla. Voy a ir a tu médico para que me la queme…” Este podría ser un fenómeno de identificación masoquista en el que el primer tramo de la empatía – ponerse en el lugar de la otra persona – conduce a someterse a la práctica médica que promete más sufrimiento.

Retomamos nuestro planteo sobre la proyección; recordemos que la madre se reconoce en el hijo/a por muchas razones, una de ellas, por haber salido de su interior: de allí aquello de “hijo de mis entrañas”. O sea que el recorrido de esa proyección, desde el interior del cuerpo, se produce vía vagina. Allí adquiere vigencia del discurso médico, colocándose simbólicamente, por medio de la palabra profesional que describe el interior del cuerpo, en el pensamiento materno que sostiene la emigración del hijo; y también en la proyección del interior femenino sobre el bebé, las palabras ligadas al erotismo genital (uterino, vaginal, vulvar) aparecen interferidas por dicho discurso. Alcanza para comprobarlo con escuchar a una mujer que haya atravesado la preparación psicoprofiláctica para el parto. Repite el lenguaje de la clínica médica hablando de su embarazo y su cuerpo y ocupa la posición de niña cuando después de parir afirma: 2¡Me porté bien!... ¡No grite casi nada!...” (Remito a mis trabajos sobre el tema) 53.

Según un modelo psicosomático estaría vinculada con el fracaso de los procesos proyectivos; podríamos pensar entonces en un “estado psicosomático” para la mujer, en tanto exista 1) represión en su imaginario, 2) fracaso de proyecciones con respecto a su cuerpo, interferidos por un discurso médico que como parte del discurso social, la posiciona como enferma, sucia, lasciva o frígida*.

Atribuir y desatribuir bondades y prejuicios

Originalmente los juicios de atribución y desatribución disciernen si a una cosa (persona) pueden atribuírsele propiedades buenas o malas. El juicio desatributivo, dice Maldavsky54, se presenta bajo la forma de un acto expulsivo que constituye algo como exterior al Yo. La propiedad mala o dañina habría surgido de la desatribución de una propiedad opuesta, la buena o útil: es fundamentalmente hostil. O sea, que en un momento inicial una propiedad buena o útil fue adjudicada a alguien (o a una cosa) en cuyo caso éste fue admitido en el Yo, del cual posteriormente fue expulsado. A medida que transcurren los procesos madurativos, estos juicios adquieren mayor relación con el Superyó, cuyas tareas son las de autoobservación, crítica moral y formación de ideales. De modo que los juicios de atribución se vuelven más exigentes en la medida que demandan otros ideales y se incrementa la capacidad crítica del Superyó; al mismo tiempo que se constituye un Superyó que podríamos llamar social, derivado de sucesivas prácticas culturales, económicas, históricas, que potencia la posibilidad de los seres humanos cuando se trata de elaborar juicios críticos.

Pueden presentarse perturbaciones en la constitución de los juicios de atribución, y el mismo autor sostiene que en los cuadros llamados psicosomáticos se produce una disociación en el interior de estos juicios, es decir, que a una misma persona pueden atribuírsele contradictorias. En relación con esta modalidad, en estos cuadros urgen los mecanismos de desestimación y desmentida como defensas psíquicas.

Suponiendo que las prácticas que los médicos ponían en juego eran atribuidas como “bunas” y útiles, las mujeres dirían: “el médico es bueno y me cura”. Pero también podrían descubrir que sus maniobras no necesariamente resultaban eficaces: “por culpa del médico quedé mal después del parto”. O sea, se encontrarían atribuyendo bondades y fracasos a la conducta profesional. Pero darse cuenta no alcanzaba: habría que decirlo pronunciando las palabras que distribuyesen eficacia en determinadas ocasiones. Lo cual podría desembocar en el deseo de rechazar al profesional, es decir en hostilidad, riesgosa por cierto, frente a un profesional de esta índole.

En caso de surgir tal hostilidad ¿podría transformarse en deseo hostil como elaboración más refinada?* Es lo que suponemos sucede en determinados sectores de mujeres en la actualidad, capaces de revisar y oponerse a determinadas prácticas médicas. Per, ¿qué podría haber sucedido siglos atrás frente a la incipiente desatribución, a la crítica naciente que tal vez ensayaran las congéneres más lúcidas? ¿Podrían mantenerlas o deberían recurrir al peligroso mecanismo de la desmentida que se expresaría de este modo: “No es verdad que yo pueda prescindir del médico? ¿Acaso no escuchan cómo el médico dice que soy enferma por ser mujer?”, es decir, desmintiendo su propio registro perceptual que la conduciría a evitar el contacto con los profesionales que utilizaran prácticas iatrogénicas. Probablemente la necesidad de adaptarse a su ambiente habrá generado en nuestras antepasadas múltiples de estas desmentidas.

Pero parece mucho más probable que las palabras descalificantes escuchadas de boca de los médicos hayan sido libidinalmente investidas a lo largo de los siglos por aquellas de nosotras que necesitaban adecuarse a su mundo e inclusive debieron incorporarlas a su Yo, reconociéndolas como palabras que ellas mismas podrían pronunciar.

En cambio, actualmente, es posible reconocer ciertos discursos médicos como ajenos al Yo, como un no – Yo que no sería preciso desmentir sino expulsar. Ya no se trataría de hostilidad sino del surgimiento del deseo hostil derivado en deseo de saber, crear, revisar y oponerse a discursos evaluados como iatrogénicos. Lo que sostiene algunos de tales discursos podrían transformarse en objetos no – Yo, peligroso, merecedor de ser aniquilado. Su característica principal sería la de haber sido construido con argumentos, no sólo aportados por el discurso médico y el social, sino por nosotras mismas, buscando sobrevivir alo largo de los tiempos.

En lugar de desmentir, la tarea sería, entonces desatribuir:

Dado que el médico es una figura necesaria para la atención de mi salud, debo poder elegir a aquellos profesionales cuyos conocimientos y saberes comiencen por reconocer la especificidad de los problemas del género mujer”.

Con lo cual desatribuimos lo que habíamos acatado como esencial: la condición de enfermas e inferiores; desatribuimos las afirmaciones de la medicina cuando no titubea en garantizar la eficacia de sus procedimientos y el saber de sus profesionales. Así como, por ejemplo, podemos desatribuir la pretensión de exclusividad ene. Tratamiento de nuestra maternidad. Susana Velásquez escribe: “La prevención en maternidad debe ser descentralizada tales como las subjetivas, las sociales y políticas”55.

Lo dicho para la medicina es extensivo para cierta índole de medicamentos destinados a “regular la ansiedad” de las mujeres sometidas a excesos de tareas domésticas (tal como lo describo en el síndrome del ama de casa)56 El suministro de sedantes y ansiolíticos (lorazepan parece ser el más utilizado o por lo menos el más promocionado) es un soporte material de otra índole para el discurso médico promotor de mujeres reproductoras y servidoras de la familia; que no molesten con su ansiedades y depresiones.

Retomando lo psicosomático: ¿qué relación podría haber entre juicios de atribución-desatribución y las disociaciones planteadas por Maldavsky, y la ausencia de palabra “social” padecía históricamente por nosotras para expresar nuestras 1) fantasías y 2) nuestros pensamientos concientes?... Carencia promovida y organizada por modelos socioculturales que reclamaban ese silencio para su propio orden… O tal vez la aparición, en lugar de la carencia, de la parla “intrascendente” de las mujeres…

La mujer marcada

Tal vez los hombres hayan constituido sus imaginarios personales de acuerdo con “lo sabido” acerca de “la mujer” y probablemente éstos se vinculen con el deseo de poseer el útero, dominarlo, controlar, esa víscera misteriosa capaz de llevar a un ser vivo en su interior. Los modos de producción y reproducción de los discursos de distintas culturas y sociedades y su circulación en las redes sociales permiten suponer la existencia de una multiplicidad de sentidos alrededor de dicha víscera y del modo de acercarse a ella.

Encontramos uno de eso sentidos en el ascenso o camino hacia la doncella que comparten distintas mitologías y en la que el héroe debe atravesar pruebas interminables y peligrosísimas. Su triunfo lo hará merecedor de la posesión de la doncella, es decir, de la sangre himeneal, cuya cotización, en innumerables mitologías, habla de una economía virginal (libidinal) en la que el himen es el valor de uso y el valor de cambio. Bellamente enmascarados por la poesía, veamos sus funciones en un poema arcaico interpretado desde esta perspectiva: se trata del Poema 62 de Catulo donde se reproduce la competencia entre un coro de muchachas y otro de muchachos que despide a una recién casada:

Muchachos: No te resistas más, joven novia, de tu virginidad un tercio es de tu padre, un tercio de tu madre y sólo un tercio te pertenece. Pero ellos han cedido su parte al yerno junto con la dote. Himen, ¡oh! ¡Himeneo, Himen, aparece! ¡Oh! ¡Himeneo!”

La rotura del himen, cuando está a cargo del varón, genera ilusión de propiedad. De la llama posesión. Incluye su desgarro o perforación (a veces dolorosa o molesta, o inexistente). La idea de posesión-propiedad suele ser compartida por ambos géneros imaginando que, al haber sido desflorada por un varón, la mujer queda definitivamente ligada a él, física y emocionalmente. Los dichos populares no titubean en vociferar aquello de “arrancarle el honor” o “arrebatarle la virginidad”; pero la desfloración incluye algo más que la conceptualización como robo o pérdida. Encubre la acción de incorporarle “algo” a la mujer, añadirle “algo faltante” que se evidenciaría en la penetración. De modo que ella quedaría sujeta a quien le demostrara tal carencia, complementándola con su pene y/o con un hijo57.

Lo que el pene incorporaría sería una marca que habrá de permanecer, para siempre, como saldo y acuñamiento de “la primera vez” y que se instala en ambos géneros como significante. Este modo de otorgarle sentido a esa experiencia, más allá de lo personal, se muestra históricamente eficaz en muchas culturas. Podría estar vinculada con un fantasma respecto del cuerpo a cuerpo entre ambos géneros. Sería posible pensar en un derivado de dicha penetración, apoderamiento y marcación de las mujeres, en ciertas prácticas médicas a cargo del varón y en la aceptación de las mismas por parte de la mujer. Un fantasma de mujer poseída-penetrable a la que podría “dañar por su bien”. O hacer sufrir “naturalmente”, porque “así debe ser”, fantasma que sería soporte de dichas prácticas e ideas médicas sostenidas y avaladas, fantasmáticamente, significativamente, por le acto de la desfloración como toma de poder sobre un cuerpo “naturalmente” en disponibilidad. Nuestro cuerpo está allí para ser penetrado, tramitado, poseído, experimentado marcado por el pene o por una práctica equivalente a la penetración que se realiza por un mandato de la especia (y con el beneplácito de la mujer). Paralelamente las prácticas médicas se cumplirían por mandato de la cultura. Pero las dos prácticas tienen en común el haber sido originado en el falo. En ellas podría aparecer, enmascarado, un deseo masculino respecto de un cuerpo de mujer al que debería mantener sujeto – en nuestro caso a través del cuidado de su salud - , cumpliendo una función sacrificial en la que actuaría como sacerdote. Desplegaría una liturgia que, sangrante en el origen, mantendría la sacralización de su lugar como médico en tanto práctica de una profesión entendida como custodia del orden y los ritmos naturales que la mujer podría desordenar (no hay fechas exactas de parición ni de menarcas). Es posible relacionar desfloración y prácticas médicas y reconocer significaciones que para ambas, por su producción y circulación, se constituyen en emblemáticas de las relaciones entre sexos.

Una pregunta que se reitera al desarrollar este tema es: ¿qué ocurre con las mujeres médicas?... Mi experiencia me ha señalado que habitualmente reproducen al discurso masculino. Obedecen a las enseñanzas aportadas por los médicos y excepcionalmente responden a una conciencia de género mujer. Me refiero exclusivamente a mi propia práctica; sería preciso investigar – y encuestar – a una muestra representativa para poder generalizar.

Recordemos que la propuesta de este trabajo no excede la pretensión de formular algunos interrogantes.

¿Es posible hablar de lo psicosomático sin distinguir las especificidades del género mujer sin que ello derive en una apelación a una supuesta identidad femenina?

¿Es posible pensar que los síntomas psicosomáticos tengan las mismas características en ambos géneros, tanto en su origen cuanto en su evaluación?

El discurso médico, ¿podría haber sido un elemento favorecedor de la descalificación social de nuestros cuerpos, aportando criterios tales como el de suciedad y patología cuando se refieren a funciones de la genitalidad femenina? Al mismo tiempo, los médicos, ¿no habrán sido, también ellos, víctimas de tales discursos?

¿Podrían hablarse de un “estado psicosomático” derivado del modo de procesar la formación del imaginario individual para los integrantes del género mujer? Ello no implicaría crear una tipología generalizante. Por el contrario, se trataría de individualizar el registro de las alteraciones psicosomáticas según la historia personal de cada mujer. En tal caso ¿debería calificarse o diagnosticarse como psicosomático o sería preciso nombrarlo de otro modo?

Conclusiones que sólo son derivaciones de los interrogantes

Lo psicosomático” o “el estado psicosomático” en la mujer serían inseparables (en nuestra cultura) del discurso masculino que impregna en imaginario social y en el cual el discurso médico es relevante y aun definitorio. Tampoco sería ajena la carencia de palabra social de la mujer que, aunque existente en algunos ámbitos, no es todavía representativa del género. En la génesis de alteraciones y estados psicosomáticos habría que incluir una fantasmática femenina que incluyera el terror, el asco y la desvalorización por lo que trasportamos en el interior de nuestro cuerpo conjeturando como hipótesis la represión del imaginario personal.

Si las percepciones y representaciones son fundantes en la constitución de la persona, ambos dependen “de lo que se dice”, en este caso de las mujeres. Es posible que se produzcan interferencias entre las representaciones y percepciones del interior del cuerpo y sus ligaduras con la erogeneidad. ¿Cómo investir libidinalmente representaciones del interior de un cuerpo que anida enfermedades y suciedad? Sobre todo cuando la palabra diciente llega desde un varón que, en cuanto médico, es asociado con saberes sacerdotales y paternos.

Nuestra patología psicosomática también se inscribiría en el orden de lo político-social donde se constituye el género y no exclusivamente en lo psicológico-personal. Nuestra genitalidad y nuestras vísceras han modificado sus significaciones a lo largo del tiempo, pero manteniendo un sentido amenazante y descalificatorio que muestra su eficacia a través de nuestra tolerancia frente a prácticas iatrogénicas y en la persistencia de creencias sobre nuestra inferioridad58.ello se evidencia en el vínculo que innumerables mujeres establecen con distintos profesionales relacionados con la salud.

Nuestros cuerpos fundan un lugar en el que se entrecruzan los sentidos, cuya base material no es solamente somática: ha sido socialmente construida, enhebrando discursos.

Es conveniente oponerse a la homogeneización de “lo psicosomático” ya que existiría una psicosomática “desde” la mujer que responde a construcciones diferenciales para ambos géneros. Hablar de lumbalgia en el varón no es lo mismo que diagnosticarla en una mujer, como no es lo mismo una úlcera padecida por una mujer con síndrome del ama de casa, que la de un varón con otros padecimientos. Muchas patologías psicosomáticas podrían ser el modo en que distintas mujeres expresamos nuestros conflictos, que no siempre son homologables en su origen, contenido y desarrollo a los que podría sufrir un varón.

La homogeneización de “lo psicosomático”, más allá de la búsqueda de formalizaciones que permitan generalizar el tema para ambos géneros, parece corresponder a necesidades del discurso médico. Necesidades que responden a modelos unicausalistas regidos por una visión falocéntrica de la medicina que, en este tema, no ha logrado interrogarse suficientemente acerca de la especificidad de estos cuadros.

Rastreando la historia de la civilización, el pensamiento crítico revela la responsabilidad del discurso médico en la vida de la mujer; ya sea para aliviarnos, curarnos o salvarnos la vida. Sin duda alguna.

También para crucificarnos. Sin duda alguna.
ADDENDA

Había finalizado la redacción de este trabajo cuando llegó a mis manos una publicidad, propiciada por un laboratorio de productos médico. Un folleto impreso en papel brillante (30 cm. por 40, desplegable) ilustrad por uno de nuestros mejor y talentosos dibujante. En la tapa, diseñado en blanco y negro un dibujo muestra una escena familiar: la madre, con aire desesperado, “los pelos de punta”, comiéndose las uñas (o semejante), sentada en el borde de un sofá, las piernas encogidas, es tironeada por un bebé que a su lado berrea desaforadamente, mientras un adolescente semi punk toca la guitarra eléctrica sentado en el suelo y otros dos niños se revuelcan por la alfombra paliándose. Los acompaña, ladrando, el perro de la casa, a cuyo lado descansa una aspiradora. No caben dudas. Es la escenificación de una situación familiar caótica bien conocida por las mujeres, en la cual el mundo estalla sobre nosotras y con nosotras. Allí estamos ensordecidas por gritos, llantos, ladridos, acordes destemplados y zumbidos de aspiradora, sin poder huir, enfrentar o abandonar semejante demanda, cargada de hostilidad y exigencia. La “vida de hogar”, que le dicen. Al observar la imagen es imposible no sentir deseo de ayudar o comprender a esa pobre mujer. Entonces abrimos el folleto y ¡¡¡oh!!!, ¡El laboratorio hallo la solución!, la misma escena: adolescente con guitarra, bebé berreando, hermanitos paliándose, perro ladrando, pero la señora… perfectamente bien, cargando el bebé en un brazo mientras con el otro conduce la aspiradora, sonriente, bien peinada y con aire feliz. ¿Por qué?... ¡por que ha consumido la droga de la tranquilidad! Se trata, nada menos, de una publicidad recomendando la aplicación de lorazepan que, con el nombre de un tranquilizante muy conocido se propone sea utilizado por los médicos a esa mujer desgreñada, acorralada y desesperada en una señora pacífica, tranquila y… absolutamente estupizada por la droga. De otro modo es difícil explicar su tolerancia ante lo que la rodea.

En lugar de ofrecerle la Convención de Ginebra, firmada por nuestro país acerca de los derechos de la mujer, en la que se denuncia toda forma de explotación… se le suministra un sedante para que mantenga la condición subordinada y explotada pero… tranquila, sin molestar, de buen humor, sometida y sin darse cuenta de lo que le ocurre.

Se trata de lo que se llamó “El síndrome del ama de casa” (cuyas características escribí en el numero especial de la revista Todo es historia, Agosto 1981), frente al cual determinados laboratorios sugieren la utilización del lorazepan como modo de yugular la ansiedad que produce el trabajo doméstico (por lo rutinario, descalificado, etc.). Pero al mismo tiempo, señalas: “Se ha observado la presencia de amnesia transitoria y disminución de la memoria asociados con el empleo de las Benzodiacepinas”, entre otros riesgos que determinan la recomendación de “efectuar periódicamente recuentos, globulares y estudios de la función hepática en los pacientes bajo tratamiento a largo plazo”. Me pregunto: ¿Cuál será el largo plazo de una señora que, como la de la imagen, tiene a su cargo el cuidado de 4 hijos cuyas edades oscilan entre la adolescencia y un bebe de brazos y cuya casa esta obviamente a su cargo, en lo que hace a su cuidado?... ¿Dos años, cinco, diez? ¿Toda la vida?...

No es posible, en este trabajo, abundar en más comentarios y detalles acerca de esta publicidad que se ofrece a los médicos naturalizando una tarea que constituye no solo un explotación laboral-cultural, sino cuya práctica a cargo exclusivo de la mujer implica una neta discriminación sexual. Creo que este “tranquilizante que hace posible la vida activa”, tanto en su publicidad, cuanto en la recomendación de su uso para encubrir un síntoma social y psicológico individual, constituye una forma mayor de la violencia contra la mujer. Que espero no encuentre aliados entre aquellos médicos que reciben este folleto.


**Sólo se trata de una selección de textos históricos ideológicamente elegidos que no pretende abarcar la complejidad del tema.

**En los libros de historia se encuentran los sustantivos paterns, matrones y comdronas como sinónimos, si bien un análisis más refinado permite distinguir diferencias.

**Aquelarre es una palabra de origen vasco ayer (macho cabrío) y larre (prado), según la Enciclopedia de la Lengu, de Martín Alonso.

**Agradezco a María Elena Walsh el haberme regalado esta obra, fundamental para nuestro trabajo.

**los decretos 659/74 y 3938/77, que prohibían la existencia de consultorios de planificación familiar en hospitales y el aporte de información al respecto en los servicios de ginecología y obstetricia de los mismos, fueron derogados en diciembre de 1986.

**Al respecto quiero citar a Lidia Falcón en La reproducción humana19 donde cuestiona, rigurosamente, lo que se entiende por “naturalidad del embarazo y el parto”, describiendo las patologías y riesgos que acompañan o pueden acompañar y las huellas que tales funciones dejan, aunque se trate de partos y embarazos “perfectos”.

**Según datos de Naciones Unidas, 30 países y 70 millones de mujeres.

**para abundar en datos histórico acerca de la relación medicina-mujer, se sugiere la lectura de “El animal hembra: puntos de vista médicos y biológicos sobre la mujer y su función en América siglo XIX”, de C. Smith-Rosemberg y C. Rosemberg, en Presencia y protagonismo, M. Nash (compiladora), Ed. Del Serbal, Barcelona , 1984. en la misma obra “las enfermedades de moda”, de A. D. Wood.

***Distingo palabra hablada y escrita, marcando la referencia de la voz como “metáfora de verdad y autenticidad” al decir de Christopher Norris y siguiendo los planteos de Derrida.

**Subordinación: entendida como sometimiento sin conciencia del derecho a revisar o a criticar la orden o el orden impuesto.

***lo imaginario: además del poder conocer por medio del “pensamiento claro y distinto” (conciente), existe otra dimensión vinculada con el saber-deseo (sofroi y eros), saber a través del deseo, por decirlo así, un saber que resulta de la calidad de sujeto deseante del ser humano. Está relacionado con creencias e ilusiones que permiten ilusionar la realizacióin de ese deseo. Creencias e ilusiones son estructuras que soportan lo imaginario; al mismo tiempo funcionan como límites para la pretensión de conocimiento absoluto. Es posible conocer a través de esa tensión entre los términos saber-deseo, tensión mantenida, sostenida por la fantasía. Saber-deseo que nos vincula con un “antes”, lo que sucedió y un “después”, acerca del cual se crean expectativas. Saber-deseo, fantasías, sueños, creencias e ilusiones personales son estructuras de lo imaginario.

                La tención saber-deseo puede resultar insoportable por el incumplimiento del deseo. Entonces, un modo de intentar resolverla es creando mitos que funcionan como ilusión cumplida, cerrando las expectativas y amputando los múltiples sentidos de cada experiencia personal en un solo sentido entendido como verdad que intenta explicarlo (justificarlo) todo. En este punto es cuando creencias y mitos adquieren características de dogmáticos diferenciándose de aquellas creencias que sin tal pretensión alimentan el saber-deseo.

                Hombres y mujeres diferenciados por sus experiencias y vivencias construyen recíprocamente sus propios imaginarios. Podemos afirmar que históricamente el género masculino construyó los imaginarios personales con una visión unívoca de los sexos, proponiéndose como modelo y como sujeto, un alguien en búsqueda de la libertad a través de la autoconciencia. Y definiendo a la mujer como un algo, un objeto a cargo de la reproducción y crianza de los hijos, además de su servidumbre del varón. Es posible suponer que el imaginario masculino, admitiendo ser ese algo tierno, sumiso, abnegado e inferior; o identificándose con él, sin lograr, en tanto género, definir las diferencias, aceptando ocupar el lugar de la inmediatez (la no trascendencia) y la apetencia que puede resolverse consumiendo objetos en lugar de poder asumir su propios saber-deseo. Esta es una descripción simplificada y reducida a un tema clave de la teoría psicoanalítica respecto del imaginario, que sólo bordea el tema.

**Por el lenguaje masculino no me refiero exclusivamente a un modo de expresarse (los estudios de Bodine sobre los sexolectos por ejemplo) 37, sino también a la selección y omisión de temas tratados por dicho lenguaje.

**Imaginario social: deslindado del anterior como otra categoría epistémico analizada y abordada desde la psicología social y la sociología. Responde a la dinámica de complejos procesos sociales que, en forma de ideologías, privilegian determinados valores, opacando o postergando otros, proponiendo o defendiendo distintas éticas que se autodefinen como las únicas y las mejores. Desde esa perspectiva influyen en la construcción del superyó social, impregnándolo y generando prácticas conforme a sus exigencias. En este nivel, ideología corresponde a la ilusión psicológicamente analizada.

                Actúa en el nivel del imaginario personal, en el orden de lo conciente e implícito, pero sin que resulte posible justificarlo racionalmente con explicaciones precisas: “… es sabido que…” o bien: “… siempre fue así…”, son las expresiones que suelen sostenerlo. Se trata de una aparente naturalidad que enmascara la ideología que las promueve, apareciendo como productos de la naturaleza, lo inamovible e inmodificable.

                También incluye posibilidad nuevas, admite proyectos que respondan a las necesidades de la época y a las aperturas que cada segmento cultural propone, incorporando, además, nuevos mitos.

                Alienta prescripciones y redefine las transgresiones sociales, articulándose con el imaginario personal por medio de vivencias y prácticas sociales que sin hacerse concientes se convierten en actos. O sea: podemos tener conciencia del carácter de mito de una prescripción o ser capaces de criticar determinada ética; pero en el momento de tener que decidir es posible que actuamos sin poder mentalizar aquello acerca de lo cual estamos advertidas: procedimiento entonces de acuerdo con el dictado del imaginario social. Un ejemplo paradigmático lo encontramos en la expresión que afirma: “la maternidad es la realización de la mujer”. Frase constituyente de ese imaginario, tributario de una ideología patriarcal fundada en el esencialismo (las mujeres son todas iguales) y no en la construcción social de la persona; y en el naturalismo (es natural que la mujer además de ser madre – o por serlo – se ocupe del hogar, el marido, etc.) y no de los circuitos políticos-económicos de la producción y reproducción.

                El imaginario social podría complementarse con el superyó cultural y aun con el alma colectiva.

**es un ser que denota un carácter extraño y temible, causante de todo tipo de calamidades, se lo modeló en barro para darle origen y se lo llamó el tío grande. Introdujo el hábito de coquear (masticar coca) y preparar aloja. Fue el primero en introducir el hábito de dañar y enseñó técnicas para curar enfermedades que luego tomarían los shamanes. Introdujo el adulterio y la guerra.

**Fracasada la proyección se produciría una hipertrofia de la voluptuosidad volcada entonces sobre un órgano, fijando la libido en él y produciéndose una alteración del mismo. En esta hipótesis simplifico las alternativas y matices que sería necesario desarrollar en un texto de otra índole. Una posición original acerca de los trastornos psicosomáticos es la que propone Lacan sosteniendo que la libido no se desprendería de los órganos para fijar en zonas erógenas y adquirir allí su autonomía, sino que se mantendría unidad al órgano original.